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Diego Pedrosa

M A Z U R

IMPONDERABLE

Lo había previsto y de eso no tenía duda; entonces por qué ese sentimiento angustioso, la culpa de prever y como adivinar, o tener esa reserva en momentos de decisión o que culminan de manera fortuita en instantes definitivos; al menos así lo parece en mi subjetividad y dolor, como a la vez indujera a que la razón dictara lo que ocurrió finalmente...

Algo pronosticado o, en fin, tal vez lo inverso, que aquella premonición fue determinante en lo ocurrido. ¡Pero no! Esos razonamientos son falsos... Si en verdad lo hubiera previsto, no debería lamentarlo a estas alturas y si fuera un condicionamiento, no hubiéramos llegado tan lejos.

¿Por qué la culpa?

Como cuando le pedí matrimonio y ella era risa, llanto; mientras, desnudos con la sexualidad despierta; sus lagrimas caían sobre mi pecho retornando en caricias y besos para prorrumpir en más risas y gestos emotivos con la cabeza y su pelo entreverándose en lágrimas, sin detenernos, extraordinariamente felices y enamorados. Así tanto la amé... Éramos dichosos.

Recuerdo que ante el romance, admitiendo el amor en nosotros, cónyuges, le dije: “Sólo quiero que tomes la decisión de ser feliz”. Y fuimos ambos plenamente felices...

El resto de cuando nuestra relación se tornó tortuosa no me produce ninguna curiosidad, cualquier argumento sería útil para llenar ese vacío, descubro que fue eso, sólo “Vacío”.

Sus reclamos ante los míos de “algo” que andaba mal, su desdicha primera y luego su rencor. Con la premura de la juventud en el amor, que se destruye fácilmente. Ambos simplemente podíamos estar equivocados, pero no fue tolerable... Y cedimos a la ruptura, al corazón que se rompe y quiere romper los lazos que le duelen y asfixian...

Cuando le contaba al viejo Alonso en alguna visita al geriátrico. Él, que ya con 81 años llegaba lúcido y firme a lo postrero de la muerte, me decía que era falto de lógica y como este argumento tiene sus ribetes, aún sonriente con su único cigarrillo diario, siempre mencionaba los “imponderables” y se refería, traducido vulgarmente, a “aquello que no podemos cambiar” y yo dándole la razón algunas veces y otras no... Su sola impecabilidad era irrefutable, pero sus argumentos claros y precisos, que no permitían interrupción, dejaban aún en mí un vestigio de duda y de aflicción al no comprender o aceptar su método en una duda imperfecta que me asaltaba.

Mi corazón herido por aquella y tantas desdichas no me permitía aceptar el “imponderable”, quizá siguió siendo mi error... Ya que en los años posteriores no mejoró mi suerte. No creo que Alonso estuviera equivocado, resalta un estado lúcido de preservación. ¿Pero qué era lo que faltaba?

¿Sólo me había desbordado en una lucha por amor, apasionadamente?
¿Era el fin y el comienzo del sentido trágico de la vida?
Ahora sé que estoy en lo cierto...

M A Z U R