Inicio | Volver

POETAS EN LA RED

SÓLO EN EL SABE ES LIBRE, Y MÁS LIBRE EL QUE MÁS SABE...

Articles

NOTICIAS & NEW

Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Steinbeck Vs Bruxelles

El campo cubierto de una fina nube de polvo se abría por entre las curvas del camino. El camión avanzaba despacio. El ganado se abría a la vista en el paso del viento por la polvareda. Descendimos ante la verja caída, custodiada por dos bidones medio oxidados de pintura. Las puertas apenas encajaban. Se superponían y cerraban con unas cadenas enrolladas al cierre del candado. Esta vez estaban abiertas. Los caballos descansaban tomando agua en el abrevadero, mientras las reses pastaban al son de los perros guardianes que nos daban la bienvenida. Cientos de cabezas de ganado se desperdigaban por entre las tierras. La nieve cubría sólo la altura de la montaña. El resto era todo verde y agua. El frío no atenuaba la labor incansable de los perros. Aunque los caminos estaban secos, en cuanto se adentraban los pastos, el lodazal y el agua endurecían el tránsito. Usábamos unos vehículos viejos que se averiaban a cada trecho. Pero servían. Teníamos que cubrir las bañeras de agua, labor que nos llevaba toda la noche sin dormir. Amanecíamos con el cansancio y la labor cumplida antes de ir a comer algo. Introducíamos la bomba en el pozo conectada al generador. Todo ello lo habíamos trasladado en el vehículo. No podíamos dejar el instrumental en el campo por miedo a que lo robaran. Antes de nada y después de todo, dábamos de comer en el cobertizo a las cabezas de ganado y los chotos destinados a ser mercancía de carne. A veces teníamos que ayudar a parir, y tirar del vientre de la madre, otras había que curar las heridas infectadas de gusanos a mano. La veterinaria improvisada es esencial en este negocio. Mi padre tenía un ritual para evitar estos males. Pequeños, pero que te hacían un roto en la economía. Dar alimento al ganado estabulado no es tarea fácil. Lleva su tiempo, su paciencia, su arte. Tienes que controlar el tono del sonido con el que diriges a las reses. Hay que saber emplear la fuerza para moverlos, para dar de comer al débil, para controlar al fuerte. Con el débil no sabes si es mejor alimentarlo o dejar que el grupo lo venza. A fin de cuentas es apenas inversión perdida. Te queda la moral, y al final lo sacas adelante y aunque no ganas casi nada, algo te da. He visto por ahí arriba pueblos en los que cada vecino aporta un trozo de leño al ganadero que ha perdido una cabeza. Con el trozo que le da cada miembro del pueblo se quema el bicho muerto y no hay que llamar al seguro ni hacer más papeles. Es mejor así. Hoy los papeles no nos dejan trabajar. El ganado es un arte que pocos están llamados a hacer, y sobre el que todo el mundo parece saber más que nosotros. Y lo peor no es el papeleo, es la red de vampiros que viven a tu costa. Funcionarios, veterinarios, inspectores de la administración. Trabajamos de sol a sol, sin vacaciones, sin dormir, con helada u ola de calor, sin días libres, limpiando heridas a mano, para que venga un inspector que no ha visto una res sino en un libro a decirte lo que tienes que hacer, cómo y a cobrar por tu trabajo. Trabajo que te lo puede arruinar un pisa alfombras en Bruselas en cualquier momento, o la alarma cierta o inventada de la peste de turno. Un país que no cuida su ganado y a sus gentes está arruinado. Esos no lo han vivido. El campo, la ganadería y el mar son la columna vertebral de una nación. Un país que ve crecer el cultivo, pastar su ganado en las tierras y recoge las redes llenas, es un país fuerte, sano y próspero. Volvimos a la tierra, al barro, al frío, a la intemperie de las noches estrelladas al raso, a amanecer con cuatro dedos de nieve sobre el vientre en el cobertizo. Volvimos a escuchar al ganado y las campanas lejanas de la iglesia.

Rubén López