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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Las drogas

El mundo que nos ha tocado vivir es una tragedia. Pero no al estilo griego. El teatro griego era teatro, lo de hoy, otra cosa. En la obra había un comienzo, se llegaba a un nudo, en el que tenía lugar la κρίσις o crísis que conducía a la αρσις o kátharsis, la purificación, y luego el desenlace. El fin primordial de la obra griega era cultivar el antídoto contra el peor pecado que podía cometer , según los griegos, el ser humano, el pecado de ὕϐρις o hybris. Para la mentalidad griega clásica el peor pecado que podía cometer el ser humano era el pecado de hubris, un pecado consistente en un inflamiento del ego -y el consiguiente orgullo espiritual desmedido- que conduce al individuo a desafiar el poder de los dioses atrayendo, sobre sí de ese modo la inevitable venganza (némesis) de estos en forma de un destino trágico. En los tiempos modernos este pecado no lo es, sino virtud. ¿Qué nos espera? La bémesis. Quiere ejemplos. Inagine a Giscard d´Estaing extendiendo el brazo, la mano y el dedo, Constitución Europea debajo del brazo. ¿Se imagina la estampa? Eso, o la socialdemocracia. Es para salir corriendo. ¿Por qué le cuento todo esto? Porque hubo tiempos, no tan lejanos mucho más divertidos. No hace tanto, en la década de los sesenta, el químico suizo Albert Hofmann sintetizó por vez primera la sustancia. ¿Qué sustancia? Lysergsäure-Diethylamid, ‘dietilamida de ácido lisérgico’, LSD-25 o simplemente LSD. Mire, quitando a D´Estaing o la socialdemocracia, cualquier tribu sabe, que ahí hay otra realidad, no sólo lo saben, sino que viven en comunión con ella. La filosofía griega no es el mito romántico del paso del mito al logos, sino del logos al logos, como ya reconocen los estudiosos. ¿Qué significa? Sólo le voy a dar pistas, lea a Aldous Huxley “Las puertas de la percepción”. Los enteógenos como el san pedro, la ayahuasca o el peyote han servido a diferentes culturas para entrar en estado alterado de conciencia. Poco más le voy a contar. Hofmann y sus correligionarios de las universidades norteamericanas, de las facultades de antropología y psicología, abrieron la brecha, ¿Aquí hay algo más? ¿Somos lo que nuestros sentidos nos dicen, o vemos lo que nuestros sentidos quieren? Alargando en la mano una dósis suficiente de LSD para dopar a un elefante, se la ofrecen a un yogui indio, el cual la ingiere sin inmutarse y continúa meditando, dando a entender que la droga sobra. Basta meditar. Cuando unos profesores y escritores comienzan a ser conocidos por hacer algo con sustancias, sus visitas a la India, el interés por la meditación, y su búsqueda ¿qué es esa otra realidad que se abre ante sus ojos? Y reflexionan sobre la sociedad occidental, su vacío, su materialismo, su vida centrada en asegurar una vida políticamente correcta. Llega el hombre masa y no entiende nada. Deja de estudiar, de trabajar, se va a la India, se droga sin sentido, practica el amor libre y se abandona. Surge el movimiento popular, nace el hippie. De algo serio, lo más interesante que a pasado en los últimos tiempos, el encuentro cara a cara entre la ciencia occidental y el misterio, se arruina a una generación y a las venideras. Surge el divertimento, absolutamente fuera de contexto, del uso de las drogas como elemento de folclore social. Ahí comienza la degeneración, la contracultura en todos los movimientos decadentes que vinieron en las décadas posteriores, años setenta, ochenta, el punk, el after-punk, siniestros, góticos y lo que venga. Y de ahí nace la new age, el mercado de las sensaciones supuestamente espirituales. Verdaderos hippies fueron dos, habían estudiado, trabajaban, eran respetados profesores de la universidad, escritores consagrados, se ganaban la vida, y cuando terminaron sus experimentos por la India o donde fuera, regresaron a sus despachos a seguir estudiando, trabajando y publicando. Pagaban impuestos, recibos y respetaban las normas sociales. Eran el arquetipo de lo que demonizaba la masa que gritaba haz el amor y no la guerra. Y salvadas las paradojas, eran los padres del movimiento. ¿Qué ocurrió? Lo que tenía que ocurrir. Vea Easy Rider, la película del 69 dirigida por Dennis Hopper y protagonizada por Peter Fonda, el propio Dennis Hopper y Jachk Nicholson. La alta sociedad y la inteligencia venían utilizando las drogas hace tiempo. Adéntrese en la biografía de Freud. Es horrible, yo prefiero a Jung. Con las drogas sacadas de contexto, surge otro elemento de la tragedia, el hundimiento de la vieja mafia, la legendaria, la que murió en manos del tráfico moderno. Murió el mito. Y con él una sociedad todavía anclada en los viejos valores. En Grecia se usaba el Kykeon como elemento de búsqueda para el Conócete a ti mismo del templo de Apolo en Delfos. Una vez un preso, un F.I.E.S., me preguntó qué pensaba sobre las drogas. Le vine a decir; nada, fuera de Eleusis.

Rubén López