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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Las ovejas

Este mundo está echado a perder, créame. Hay, eso sí, todavía ciertas cosas que devuelven el espíritu a su estado de reposo. Como el ver esquilar ovejas a tijera. En Colmenar afortunadamente puede hacerlo. ¿Cortar a tijera las ovejas? No, no. El ver hacerlo. Todo un arte. De los auténticos. Como el juego de pelota. ¿El que se juega en el rectángulo de césped? No, no. El de frontón, el de verdad. Se están perdiendo las viejas costumbres. ¿Ha visto usted esquilar a tijera?, ¿Va usted a ver partidos de pelota? ¿Sabe lo que cuesta una pelota de esas? Un riñón. En Pamplona recorrí tiendas y tiendas. Allí están las mejores, de esas que no botan. Sólo lo hacen después de golpear la pared del frontón. En Colmenar hay buenos partidos. Sólo estas costumbres devuelven el equilibrio al orbe. Mire la que se armó en el juego de pelota por Francia, nada más y nada menos que el pueblo se erigió en poder soberano. Aquí todavía se ven partidos y nada más. Como debe de ser. ¿Para qué sirve la lana a estas alturas? Todavía recuerdo los colchones de lana, que tiempos lector. Curvabas el espacio en el colchón, te hundías, el universo abría una línea de universo. Si adoptabas la postura, aquello era dormir. Si no, era imposible. La almohada había que aporrearla para darle forma, la doblabas, la quitabas, hasta que encontrabas la postura. Si lo hacías, el sueño era de los de verdad. Ahora todo es ergonomía. Tablas, no te hundes, almohadas perfectas, edredones nórdicos. Podía uno contemplar las volutas de lana salirse de las costuras. Se metían por algún roto y no pasaba nada. Lo peor que te podía pasar era dormir en un colchón de lana pasada, yo lo he hecho muchas veces. Aquello sí era el infierno. Dormías sobre un montón de bultos informes, que repartían el cuerpo a distinta altura, en una incómoda sinfonía de vueltas innecesarias. Esas incomodidades ya no tienen lugar en nuestras vidas. Y así nos va. Recuerdo ver golpear los colchones tendidos, la lana puesta al sol. Sin estos artes el mundo se acabará. Si no lo hace, porque el mundo parece incombustible, dejará de conocerse como tal. ¿Sabe que la Tierra está en su mediana edad? Es un planeta en la cuarentena. ¿Morirá? Sí. Nos cuentan los astrofísicos que el Sol se hará tan grande en su agonía, que engullirá a nuestro planeta destruyéndolo por completo. Lo que ve, está condenado a desaparecer por completo. Estará usted pensando qué hará su nieto con el adosado por entonces. Es posible que la vida continúe por el espacio exterior. Pero tendrá que ser muy lejos si la especie humana quiere sobrevivir. Si en la mitad de vida del planeta apenas hemos sido capaces de asomarnos ahí fuera, y no hemos erradicado el hambre, ni la guerra, ni la violencia, vaya usted a saber que pasará para entonces. Quizá nos hayamos destruido a nosotros mismos antes de llegar ese día. ¿Será el fin de los tiempos, el Apocalipsis bíblico, el fin del mundo? No es broma, piénselo. Disfrute y cuide lo que ve, esa montaña, ese río, el mar, lo que sea, porque está presto a desaparecer. ¿Y si va a desaparecer todo por qué preocuparse por nada? ¿Y por qué no? El diseño no es casual, hay un orden en las cosas, la energía sólo se transforma. Si todo está en equilibrio, lo que ocurra formará parte de él. Hasta ese día nos quedan los verdaderos artes, ver esquilar ovejas a tijera y el juego de pelota.

Rubén López