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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

La farolas

He dormido más de la cuenta. Tanto que confundo la realidad con los sueños. Por ejemplo, al despertar no sabía donde me encontraba, en que lugar. Y al recordar no diferencio la realidad de la ficción. No encuentro fácilmente el camino de regreso a casa. Y a veces confundo lo cotidiano con un lejano suceso. Fui al médico y se lo conté, pero me dijo que al no ser una enfermedad, no podía hacer nada. Me recetó unas pastillas que no compré. El aire de la sierra me hace bien. ¿Por qué cuento esto? Muy sencillo, porque me ocurren cosas extraordinarias. Me mantuve conversando horas y horas con una farola, pero no en un monólogo como estará usted pensando. ¿Qué las farolas no hablan? Se equivoca, se lo aseguro. Hablar, hablan. ¿Qué me contó? Hablamos largo y tendido sobre la situación actual. Estuvimos hablando sobre la falta de valores en la sociedad actual, de educación, la problemática de la enseñanza, como están las aulas hoy en día, la crisis de la familia, el problema tan aterrador del nacionalismo, la mala política de inmigración, el paro, la crisis económica, el terrorismo, la frivolidad y banalidad imperantes, la falta de respeto y cuidado hacia los mayores, el abandono de los más pobres, la falta de conciencia espiritual, y otras muchas cosas. Cuando acabamos de hablar apareció un ombligo, al principio de pequeño tamaño, hasta convertirse en un importante acontecimiento visual. El ombligo es la causa de todos los males. Hay muchos andando por las calles. Cuando veo un ombligo huyo a vela desplegada. No hay nada peor que parlamentar con uno. No lo recomiendo. El ombligo cree ser único, piensa que el mundo ha sido hecho a su medida y él es el amo, no escucha, cree ver en los demás un instrumento, una cosa, sólo habla, es algo terrible. La visión del ombligo es hacia abajo, por eso no ve lo que hay arriba, ni tan siquiera enfrente. Es la miopía del bajo vientre. La farola me lo advirtió. El ombligo está ahí en toda persona, eso es cierto, es inevitable. El problema no está en que esté, sino en que dicho miembro se acapare de la persona entera, la aprese en sus garras y no la suelte. La suerte del ombligo es letal, o no. Eso lo decide cada uno. En mi caso, me hice un redondel, cortando a tijera mi ombligo. Lo contemplé con la mano extendida, recto sobre mi mirada, y lo dejé caer al suelo. Pensé que iba a salir corriendo, pero comenzó a dar pequeños saltos, hasta ganar altura, y sin que pudiera hacer nada, volvió a su lugar, se acopló y ya no lo he podido quitar más. Son curiosos los ombligos. Ya lo dicen las farolas. Ellas no tienen, y eso es una ventaja. No tienen necesidad de exhibirlos, de contemplarlos, de satisfacerlos, de colmar sus caprichos. Si no tuviéramos ombligo seríamos humildes y el mundo estaría más ordenado. La única solución que se me ocurre es cultivar el ombligo para fines nobles, es decir, decirle que sólo va a ser colmado en la medida que se entregue a los demás. Hacerlo ver que ahí radica la felicidad. El que lo consigue, tiene ganada casi la total felicidad. La farola me lo dijo. Ellas como no tienen, se limitan a dar luz e iluminar la oscuridad. Además no trabajan todo el día, sólo cuando es de noche. Seguro que ha visto alguna. Más improbable es que haya mantenido una conversación con ella, salvo que esté usted mal de la cabeza, claro. Hay muchas formas de hablar. ¿Se imagina Cantando bajo la lluvia sin farola?, ¿Y a Charles Chaplin en Easy Street sin la farola? ¿Y el cartel de El exorcista? Imposible. La farola está ahí, como protagonista estelar, porque no tiene ombligo, sólo da Luz.

Rubén López