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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Nacionalismo

Decía Ludwig Josef Johann Wittgenstein que los límites del lenguaje son los límites del pensamiento. Recorra el mundo, viaje lector. El Inglés, Francés, Alemán, Árabe, Chino, Ruso, Italiano, Japonés, Portugués y Español le valdrán para dar la vuelta al mundo. Casi todo el planeta habla estas lenguas. Diez idiomas son suficientes para comunicarse con la práctica totalidad de la humanidad. Evidentemente hay miles de lenguas. Pero con diez nos sobra. Y fíjese, el Inglés, Francés, Alemán, Italiano, Portugués y Español provienen del Latín. Es decir, el Latín es la madre, la raíz de casi todo el entramado de la comunicación humana. Dominar un idioma, de los grandes, y cuanto más mejor, es según Wittgenstein abrirle los límites al pensamiento. Puedo pensar en imágenes, o simplemente pensar sin necesidad del lenguaje. Pero no lo puedo transmitir sin un vehículo lingüístico. Puedo pensar matemáticamente, musicalmente, emocionalmente. El lenguaje es por tanto la manifestación del pensamiento. Imaginemos una fotografía digital, formada por pixeles. Cuantos más tengamos más nítida será la imagen, más realista, más adecuada a la realidad que queramos plasmar, expresar. El lenguaje es igual. Ahora usted me dice que sólo quiere hablar euskera o catalán. Bien, está en su derecho, corte los límites del lenguaje, limitará su pensamiento. Pero no sólo quiere hablar euskera o catalán, quiere que en la universidad le enseñen en estas lenguas, quiere que el médico le atienda en su idioma. No se preocupe, no lo instruirá ningún Einstein, ni facultativo bien formado, salvo excepciones. Además quiere excluir a los que no hablen estos idiomas. Perfecto, creará una sociedad cerrada, tribal, megalítica. En los tiempos en los que la soberanía de los Estados se cede a entes supranacionales, como la Unión Europea, en los que se habla del gobierno mundial, en los que el Estado Jacobino fruto de la Revolución Francesa se ha superado, hay gentes que quieren volver al Estado Jacobino, pero no auspiciados por los principios filosófico-políticos de entonces, sino movidos por un separatismo o nacionalismo impulsor de valores tales como el hecho de tener rasgos diferenciales. El proceso de Unión es lógico. El desarrollo de los transportes, la comunicación instantánea, el abaratamiento de los desplazamientos, la economía mundial, y otros muchos factores hacen que el mundo tienda a la aldea global. En línea de universo inversa al movimiento natural de las naciones hay gentes que tienden a la aldea gremial. El movimiento nacionalista es centrípeto. Es esa fuerza que ata a la nación y no la suelta. No puede alcanzar la independencia, por utópica, y no puede vivir conforme a la naturaleza de los hechos porque es el cáncer que ha nacido, se ha reproducido en un sistema caótico, y ya se sabe que contra dicho mal, no hay remedio. La única solución pasa por no ceder al chantaje nacionalista, acantonarlo, no darle ni voz ni voto, combatirlo con sus propias armas, reducirlo con quimioterapia a la mínima expresión, no dejar que se reproduzca y en la medida de lo posible extirparlo. España tiene dos cánceres, uno es el socialismo, sobre todo el andaluz, y el nacionalismo. El socialismo en Andalucía es algo así como la Cosa Nostra en el Sur de Italia. Si no tiene usted el carné al uso, no puede usted ni respirar. Se lo aseguro. O paga el impuesto revolucionario y se amolda a la cantinela del puño en alto o no dobla usted la esquina. En nombre del jornalero, una casta de corruptos legionarios del lujo exquisito del derroche y el mal gusto, campea vociferando la Interncional como tabla de salvación de los fantasmas de la derecha que inventan, para aterrar al pobre y seguir robándolo. Quizá haga falta un Robin Hood, que utilice la fuerza pública para acaparar ilegítimamente las riquezas de los progres que se le opondrán, para defender a los pobres y oprimidos, desde Sherwood. El socialismo de La PSOE y el nacionalismo, son la cruz sobre la que debemos derramar nuestra sangre y el sacrificio de no estar a la altura que nos corresponde como pueblo y como nación.

Rubén López