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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

La crisis

Me miré de arriba abajo y contemplé la distancia que abarca el bajo del banco del parque al suelo. Anduve por el camino que separa los jardines del parque y me paré frente al estanque. Los patos comían alegremente lo que las gentes tiraban por aquí y por allá. ¿Qué le pasa a esta sociedad? Le pregunté a uno de los patos. -Crisis. Crisis. Crisis-. Repetía sin parar el animal. ¿Y cuándo no la hubo? -Ahora más-, contestó y desapareció por entre las aguas. Seguí mi camino pensando en qué consiste la crisis. Casi me pisan siete veces al andar debido a mi enana estatura. No llego a los treinta centímetros. Alcancé a ver a un perro que olisqueaba algo del suelo. ¿En qué consiste la crisis de estos humanos le pregunté? -La noto en todo. En la casa en la que estoy pasan cosas muy extrañas, antes no ocurrían. Todo va a peor, es una degeneración sin final. Hace treinta años a mi abuelo no lo hubieran llevado a una peluquería para perros, no se donde vamos a llegar. Hoy vivo mejor que muchos humanos, antes vivíamos como perros-. Puede ser, contesté y seguí mi marcha. Unos gatos esperaban a sus amos sobre un banco. ¿A vosotros os pasa igual que al perro? -Sí, sí, mucho más y peor. La degradación es total, mi abuela me contaba que en su casa decían si no hay pa pan va a haber pa estampas, y ahora míralos, en casa de nuestros amos sólo entran dos sueldos míseros y tienen un chalet, una casa en la playa y dos autos. Comemos hasta hartarnos y se tira todo lo que sobra. Si mi abuelo levantara la cabeza no se lo podría creer. Y cómo están las basuras que antaño recorríamos de pequeños, llenas de utensilios nuevos y servibles. Te pones morado de comer en la basura. No hay ni ratones husmeando como antaño-. Vivir para ver pensé. Más allá de los gatos encontré a un perro salchicha. ¿Usted que opina? La cuerda de la que pendía en dirección hacia su amo era tan larga que podría medir más de diez metros tomados en línea recta. –Opino lo mismo. Pero no sólo es material el problema, se han vuelto locos, han perdido la cortesía, la educación, la honradez, la bondad, el juego limpio, las buenas costumbres, la honorabilidad, la justicia, la humildad, la misericordia, el buen gusto, la austeridad, el hábito de la lectura, del conocimiento, de la sabiduría, la espiritualidad, y podría seguir pero no me apetece. Es una vergüenza como está el mundo. Hoy cualquiera llega a cualquier sitio. Todo vale. Y así no puede ser, esto tiene que estallar por algún sitio. Mis amos están preocupados por cosas inauditas. No les interesa nada. Viven al margen de todo. Sólo piensan en sus cosas. Cosas sin importancia. Para que te hagas una idea, el problema más importante que tienen hoy es que le van a regalar a no se quien para su boda. Esto pinta mal, te lo digo yo. Antes te ponías malo y te daban un plato con leche. Hoy te llevan al veterinario y se dejan tres sueldos. Esto no va bien. A mi me sacan cuatro veces al día a pasear, tengo una dieta especial, me preparan una tabla de ejercicios y me ponen música, una vez al mes me llevan a la peluquería para perros, me sacan a hacer mis necesidades a un recinto del parque, si se me escapa en la acera mi amo saca un guante blanco y recoge mi excremento, el guante se convierte en una bolsa y la arroja a la papelera. Esto no tiene fin. Esta vida de perro no tiene sentido. Me muero de nostalgia al recordar las historias de mi tío en el pueblo en el que vivía, aquello era libertad, vida de perro y vida que merecía la pena. El colmo es lo que hacen con mi vecino, un callejero, lo llevan al psicólogo de animales porque lo ven triste. Esto pinta mal-. Esta vez comencé a preocuparme seriamente. Al llegar al final de la avenida principal del parque flanqueada por los centenarios árboles hablé con los pájaros que picoteaban las migajas del suelo. ¿Cómo lo veis vosotros? –De la misma forma, ya nada es igual. Incluso cuando volamos notamos la diferencia. Antes venían los niños a jugar con nosotros, nos quitaban los nidos, nos robaban los huevos recién puestos, cuidaban a los poyuelos caídos, nos hacían travesuras. Hoy eso es historia. No hay ningún niño que haga esas cosas a día de hoy. Están saturados de juegos electrónicos que cuestan muchos sueldos, atiborrados de imágenes que se cruzan por sus miradas. Ya no saben que existimos. Nos daban de comer ancianos y niños hasta no hace tanto. Desde ahí arriba notamos la vida, el movimiento de las calles de forma distinta, todo va a otro ritmo. Acelerado, sin armonía, desenfrenado, sin equilibrio. A la ciudad ya no se puede ir. Estamos pensando en volar a la montaña a vivir y huir de todo esto-. Mal está el parque pensé. Nadie sin buenas noticias. Me arrimé al estanque con peces y les pregunté. ¿Por ahí veis algo bueno? –Nada, contestaron. Los que nos mandan no sabrían ni pescarnos, ¿qué van a solucionar? Ya no salimos ni durante todas las horas del día. Nosotros los peces, aprovechamos unas horas para comer, y el resto nos guarecemos en las rocas a baja distancia por debajo del agua y no queremos saber nada de nada. Ahí se está mejor. Hablamos de nuestras cosas y no nos importan los viejos tiempos. No queremos deprimirnos con esas historias. Esto es lo que hay y hay que apechugar con ello-. Desolado me fui al centro del parque y fui a hablar con el más sabio de entre los sabios. Entré en nuestro lugar del parque, donde habitamos los enanos. Somos de la familia de los que lo hacen en los bosques. Al entrar me dirigí al más anciano de nosotros. Entré en su casa como hacemos los enanos y le conté lo que me habían ido testimoniando. Después de un largo silencio, el sabio me miró y me dijo –no hay solución. No se trata de hacer esto o lo otro. Ni de encontrar una fórmula que arregle nada. No hay nada que encontrar. Son tiempos de vivir en plena austeridad, de saber esquivar el peligro, de huir de los falsos valores, de vivir el interior de uno, de volver a la naturaleza, de contemplar, de sufrir cuando es inevitable rodearse de lo que hay, y de saber encontrar el lugar donde volver al equilibrio. Hoy es necesario rezar, leer en algún lugar, conocer. Tener la riqueza de ver contemplar la naturaleza, aspirar a estar rodeado de cariño, y ambicionar ver la puesta del sol y el amanecer. A la orilla del río en aquella montaña, bien abrigado al sol del invierno, apoyado sobre la roca y rodeado de naturaleza y nieve, en pleno frío se puede abrir un libro y leer, después al calor de algún fuego se puede tomar un café bien caliente para entrar en calor y reposar la lectura. No se lo digas a nadie-.

Rubén López