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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

La Lupa

Me senté en lo alto de un edificio, de los de mi pueblo. Acerqué la lupa a la hoja seca de un árbol y la quemé. Ardió al comienzo despacio, sin llamas visibles. El negro borde cincelado de gris según quedaba atrás, disminuía la hoja hasta devorarla por completo. Al final de la hoja quedó nada, y nada fue lo que contemplé donde había estado. Escribo estas líneas según estoy, y al final, nada quedará en mi sitio, me iré donde se fue la hoja. Es posible que no sea hoy, pero quizá mañana, Dios lo sabe. No vivimos la vida con la conciencia de este hecho único, irrepetible, y que condiciona o debería hacerlo, nuestra existencia. Se lo voy a repetir. No queda nada de la hoja. Así de simple. Nació de un pequeño brote en aquella rama hará muchos años, creció hasta convertirse en una hoja enorme. Cumplió durante muchos años su función esencial, respirar por la noche, y crear oxígeno durante el día. Así un día tras otro, un año tras otro. Formaba parte de aquel gran árbol, era una hoja más. El viento no la vencía, se tornaba flexible a su fuerza. La lluvia no la desprendía, simplemente la limpiaba. Las hojas no deben ser regadas, para que la planta no muera ahogada, han de ser limpiadas con cuidado, agitándolas con algún utensilio al efecto. El calor o el frío no la afectaban. Era una hoja perenne. Aquella creación, ya no es nada. Espero no desalentarlo pero un día fui a visitar a un enfermo, entré en la habitación. Al hacerlo observé que en la aledaña, unas personas entraban y salían haciendo esto o lo otro. Alguien me dijo que en esa habitación había fallecido un enfermo. En apenas unos minutos, el finado había sido trasladado, la habitación adecentada, limpiada, higienizada y preparada para alojar a otro enfermo, de momento vivo. Escuché a una persona decir –no somos nada-. Allí donde habitaba, llenaba la estancia una persona viva, se va como la hoja, y otra persona viva vuelve a llenarla. ¿Quién sería esa persona, a qué se dedicaría en su vida? Toda una vida, y en apenas un instante todo termina. Vivir este hecho desde la inconsciencia es aterrador. Imagínese el hecho que supone vivir, ser un ser vivo, estarlo, respirar, poder pensar, crear, viajar, andar. Ahora piense en un día cualquiera, la hipoteca, el coche, la reparación, los hijos, las preocupaciones, la pareja, la factura, los recibos, las responsabilidades, el trabajo. La televisión, sus hábitos, eso que no lo deja dormir. Llegar a fin de mes, ¿se acuerda de la última vez que respiró? Todo es un instante, un simple instante. De la hoja no queda nada. Y nada quedará. Saltar a la conciencia es renunciar a un basto océano de necedades que nos atenazan e impiden ver la realidad abierta con los ojos de la trasparencia, de la sencillez, de la humildad, de la verdad. No queda nada de la hoja. Si la hoja no está, no estaré. ¿Qué persigo? ¿Tras qué voy? Le sigo recordando que la hoja no está. ¿Se ha mirado en su interior? Al desaparecer tras la combustión, y contemplar la nada, miré dentro de mi, y no vi nada. Qué extraño, pensé. No ver nada. ¿Por qué ha venido a ver desaparecer la hoja? ¿Cuál es la razón de mi comportamiento? Como una capa de finas láminas fui deshilvanando mi interior, lo bueno y lo malo, todo. ¿Sabe que siempre hay un porqué en sus actos? ¿Sabe que está condicionado por múltiples razones? Interiores, exteriores, unas de las que es usted responsable, otras que no han sido elegidas por usted, y otras que le vienen dadas. Hay que sufrir el proceso de desintoxicación vivida, para abrirse a la realidad. Romper el molde es abrir la conciencia y desprenderse de todo lo que no sea simplemente conciencia. Es decir, saber que estoy vivo, que respiro en el aquí y ahora y que soy esa hoja que no está, la nada. ¿Pero hombre, me quiere decir usted, a mi, a mi, que soy nada? ¿Dónde está la hoja le respondo? La nada. Respiro. La verdadera grandeza de la hoja, ¿dónde reside entonces? ¿Quién la creó, le respondo? Por qué un día esa hoja se hizo hoja, por qué algo la puso ahí como ser vivo para cumplir una imprescindible misión para la vida, quién puso la hoja ahí. Ese creador es la respuesta. La verdadera esencia de la vida es respirar, y sólo respirar, con la conciencia de ver ese hálito como la fuerza misma de la creación, el acto más sagrado. Cada latido es el milagro de formar parte de una obra colosal, que ha creado la inmensidad de los mares, de los océanos, de las montañas, de la fuerza de los elementos de la naturaleza, del cosmos. Contemple una galaxia. Esa fuerza descomunal es la misma que quiere que usted respire. Y además quiere que respire por algo y para algo. Conciencia, respiración, voluntad que permite ese milagro para algo. No es azar. No es casualidad. Seguir esa senda es seguir la vibración del cosmos, de la creación, de la fuerza de un volcán, del mar, de la montaña. Su cerebro puede cambiar, de hecho lo hace. Puede crecer. Puede enriquecerse. Su espíritu también. No hay nada que se lo impida. Nada. Si escucha esa vibración, si escucha esa música en su interior. Si da con las cuerdas de la creación, déjelo todo y siga esa voluntad que todo lo crea. La hoja se extinguió por el calor de la luz del sol, concentrada por el cristal. Fundámonos en esa Luz.

Rubén López