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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

El gobierno

Otra vez los griegos; siempre los griegos. Pensaron aquello del hombre como zóon politikon, como hombre social, diría Aristóteles; pero esta teoría de la sociabilidad natural también es defendida por Platón. Sócrates establecía la comparación entre la naturaleza del Estado y el individuo. El paralelismo entre ambos, permite establecer la virtud del individuo. Una vez determinada la virtud podremos llegar a la idea de justicia de la ciudad ideal. ¿Tenemos el gobierno de los mejores? ¿Tenemos el gobierno de los virtuosos? ¿Qué justicia nos espera? Kant decía que la característica principal del Estado es la justicia. El valor moral de una acción reside no en el fin que se persigue, sino en el por qué se decide. El individuo moral sería aquel cuya voluntad última sea realizar la pureza de su voluntad. Únicamente por medio de la moralidad puede ser miembro legislador en el reino de los fines. El imperativo categórico descansa sobre la autonomía de la voluntad. El cumplimiento de la ley en provecho propio, es una voluntad impura e inmoral. Propone para evitar esto, el Principio Universal de la Justicia, es decir que el libre uso de tu arbitrio pueda conciliarse con la ley de todos según una ley universal de justicia. ¿Legisla nuestro gobierno en provecho propio? ¿Gobierna para conciliar la ley de todos? Santo Tomás apunta exactamente al igual que Kant al afirmar que en lo ético hay axiomas o principios manifestados en la naturaleza humana, patentes en todos los hombres. Según Santo Tomás encierran la participación de la ley divina en la criatura racional. Podríamos concluir que la ley será justa en tanto en cuanto acerque esa ley humana a esa ley natural; ¿Lo hace el gobierno? ¿El gobierno legisla para permitir desarrollar la pureza del espíritu?; sólo en esa adecuación se puede vencer el principio de utilidad que rige la ciudad de hoy, según el cual lo bueno no es sino lo útil. Es la religión para Hegel un aspecto fundamental en la vida de la sociedad. La positividad es el límite que se impone a la vida desde una realidad impuesta de un modo exterior y por la fuerza de la tradición, sin estar fundamentada en la razón. Vendría a significar alienación. La subjetividad, como término opuesto a la positivización, y su carácter de principio racional y libre debe ser el principio rector de la organización social y política de la vida del espíritu. Subjetividad que no debe conducir al relativismo, ni a la metafísica de la incondicionada subjetividad de la voluntad de poder como propugna el nihilista clásico. Ni debe conducir a la existencialista consecuencia de ver al hombre sin determinismo alguno, ni biológico, ni histórico, ni social, ni teológico, sino como consecuencia de lo que él mismo ha decidido ser. Desde esa subjetividad hegeliana se alcanza la vida del espíritu si vemos en ella, la visión del hombre de San Agustín como alma y cuerpo, dotado de memoria, inteligencia y voluntad y a Dios como el fundamento de todo lo que existe.

Rubén López