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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Teología

Acabo de ver por no se cuanta vez la película de 1973 dirigida por William Friedkin con guión basado en la novela de William Peter Blatty, El exorcista. He hecho el ejercicio práctico de hablar con numerosos teólogos y sacerdotes de toda casta, desde profesores de la universidad hasta sacerdotes a secas. Cual ha sido mi sorpresa al comprobar que muchos de ellos no creen en estas cosas. Sólo por citar algún pasaje Satanás aparece en la Biblia en Ezequiel 28:12-17, Isaías 14:12, Ezequiel 28:13, Éxodo 28: 15-11, Isaías 14:12-15, Ezequiel 28:17, y otros muchos. A lo largo y ancho de la Biblia Jesús expulsa demonios:

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba. Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad.
Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: ¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios. Jesús entonces le conminó diciendo: Cállate, y sal de él. Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros:¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen. (Lucas 4, 31-37).
Pero nos encontramos con teólogos que no creen en estas cosas. Gabriele Amorth, exorcista oficial del Vaticano, protesta en su libro “Habla un exorcista”, sobre esta ligereza de doctrina. Juan Pablo II dijo –El que no cree en el demonio está fuera de la fe-. Para la doctrina de la Iglesia Católica la presencia de Satanás es sin embargo dogma de fe. El mayor logro de Satanás es hacer creer que no existe. Y su principal herramienta para destruir al hombre es la tentación.
¿Qué entraña esta reflexión? Si bien es cierto que la Iglesia católica durante mucho tiempo atemorizó a los fieles y no tan fieles con la idea del pecado, la condenación eterna y un mundo de llamas, fuego e intenso dolor y sufrimiento, a día de hoy la teología de la Iglesia es una teología light. Al igual que el alumno no puede suspender ni repetir curso en la enseñanza obligatoria, porque sino se puede traumatizar, la teología moderna presenta un mundo en el que Satanás es la alegoría retórico literaria que expresa la encarnación del mal, todos estamos salvados, no pasa nada, todos somos hermanos, no hay infierno, hay que repudiar todo despunte de milagro, de fenómeno místico y, al fin y al cabo todos somos pecadores.
Hemos pasado de quemarnos en el infierno al todo vale. Mire, si usted lee libros de teología, en unos le dirán una cosa, en otros otra, y es posible que ambos defiendan posturas absolutamente contrarias. Quiere un ejemplo. Se lo daré. Para unos la oración al estilo oriental, la tradicional meditación, es una fórmula válida de oración, mientras para otros esa manifestación gnóstica de orar es algo foráneo a la fe y más próximo a la new age que a la religión católica, y por tanto condenable.

La Iglesia tiene que retomar el discurso unánime y firme de su mensaje. El mensaje tiene que ser compacto, sin fisuras. En esta vida la espiritualidad es algo que se trabaja día a día, y lo que está en juego es la salvación. El pecado sí tiene perdón, pero a través del arrepentimiento sincero del pecador ante los ojos de Dios. Para ello se instauró el día de la Misericordia gracias a Sor Faustina Kowalska. Si la salvación ya está dada sin mérito, ni esfuerzo, ni obras, ni dedicación, sin ponerse a prueba, ni fe, entonces hemos nacido sin sentido. Tenemos una fe de barraca de feria. Si pecar sin arrepentimiento otorga la salvación es que no hay en el mundo ni justicia, ni metafísica, ni filosofía, ni teología. Si ser la Madre Teresa de Calcuta es lo mismo que llamarse José Ignacio de Juana Chaos, sin que medie arrepentimiento de éste por sus obras, Cristo murió en vano. La existencia de cielo, infierno y purgatorio es dogma de fe. Lea “Entre el cielo y la tierra: historias curiosas del purgatorio” de María Vallejo Nájera.
Los fenómenos de orden místico siguen estando a la orden del día. Simplemente son destellos de Luz, que nos deben remover la conciencia para hacernos partícipes de la verdad revelada. Ya en la Biblia, en el evangelio de San Mateo 17:1-6 se nos narra como Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, hermano de Santiago, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. El mensaje evangélico de este hecho está en el guiño que Jesús hace como avance, o prueba material, de la posterior resurrección.
En nuestro mundo existen a día de hoy dos graves problemas en orden a la espiritualidad. Uno es la laicidad. El mundo ha perdido el sentido de Dios. Además es una laicidad violenta, radical, virulenta contra todo lo que suene a sagrado o trascendente. Y el segundo problema es la relajación en el seno de la doctrina de la Iglesia católica. La esperanza es que la brutal crisis filosófica, moral, teológica y de valores que vivimos traiga un reformador, un nuevo Tomás de Aquino, y el regreso a la verdadera vivencia de la fe en escenarios de auténtica manifestación de la vida cristiana en su humildad, abandono total a la palabra, y encuentro en el silencio con Dios como es el monacato.
En última instancia los mártires de la Iglesia; dos milenios después de la crucifixión de Jesús en la cruz, en este último año, han sido asesinados veintitrés misioneros cristianos, eso hace que prácticamente cada quince días muera un seguidor de cristo en el mundo en su nombre; están llamados a no haber derramado su sangre en vano, sino a haber entregado el bien más preciado como son sus vidas como testimonio de fe y signo de esperanza para el mundo.

Rubén López