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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Colmenar Viejo

A ochocientos metros sobre el nivel del mar, en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, la serranía descansa sobre los panales de Colmenar. Albert Einstein ya lo anticipo “Si la abeja desapareciera de la superficie del globo, al hombre solo le quedarán unos pocos años de vida”. La abeja, escogió estos parajes para fabricar una de las mieles más exquisitas. Por algo será. En mi humilde opinión es por sus gentes. Si bien las tierras de Colmenar son el paraíso del sustento del globo, según el genio, a mi me gustan sus campos, su ganado, sus toros, y sobre todo la leche. Es uno de los manjares más selectos que he probado, se lo aseguro. No le voy a decir la marca, venga por aquí, investigue, pregunte y compre ese Armand de Brignac Brut Gold, el as de picas, pero en lácteo. Fría y con azúcar, o caliente, sola, con azúcar, deguste la espuma. En café con leche, y si quiere un placer de los dioses, cortado en baso. Cuando viajo es una de las cosas que hecho en falta. Recorra sus bares, escoja sus cafeterías, entorno a una mesa y unas sillas pida ese café y tertulie en buena compañía. El frío invierno lo invitará a recogerse. Deguste el cine. El cine en Colmenar cobra vida. El cine es esa sala que transporta al espectador a otro mundo a través de la pantalla. La sala es fundamental. Se imagina viendo en una de esas macro salas modernas Casablanca, yo no. El Auditorio crea la atmósfera fuera del tiempo necesaria para ver ese cine. No hace falta que ingeste Kykeon, Antonio García Rubio cuenta en uno de sus libros como vio el monumento que se hizo para reconocer el Pico San Pedro como centro de la Península Ibérica. Ganó el Cerro de los Ángeles. No haga caso, el ónfalos sigue siendo el Pico San Pedro. Lo subo una y otra vez y todavía no me he cansado. Pasan los años, y sigo escribiendo en su libro, recreándome en su cima, y reviviendo Eleusis al bajar. Si no tiene nada mejor que hacer una tarde cualquiera, aventúrese con sus hijos por los molinos abandonados del Manzanares. Vaya en búsqueda de las tumbas visigóticas, y encuentre cuarzo cristalizado por su travesía. Bajando por la Avenida de la Libertad, calle Real, subiendo por la Feria, recorra a partir de ahí las calles, encuentre la casa del Maestro Almeida, busque tahonas, recovecos, plazas y jardines, fuentes y la Basílica Menor de la Asunción de Nuestra Señora. Entre. Quédese un rato y luego me cuenta. En su pasillo central, esto nadie más se lo va a contar, si comienza a andar con la vista en el suelo, verá una cifra que suma siete, la última antes del altar sumará nueve. Esos números no están ahí por casualidad. Sepa que el siete es el camino hacia la perfección, representada por el ocho, y su culminación total encarnada en el nueve. La gloria, último número justo antes del altar. Los que construían sabían de estas cosas. Visite sus ermitas. Merodee por la Plaza del Pueblo y contemple las casas a su paso. Suba andando, no de otro modo, a la ermita de Nuestra Señora de los Remedios. Si la quiere ver inmortalizada por Hollywood, vea El Cid de Samuel Bronston. En la Plaza de la Marina encontrará, ya cerrada, la churrería, esa casa antigua era del monasterio de El Paular. Ya sabe, Carlos V marchaba tranquilo a Lepanto porque dejaba a sus monjes de El Paular rezando. Casa de avituallamiento, servía para transportar alimentos y enseres al monasterio. Colmenar Viejo es como el Dublín de Joyce, aunque viviera en París.

Rubén López