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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Ayer fui a la guerra

¿Cómo fue? Si se lo cuento no me va a creer. No es como la gente se imagina. Si vemos imágenes desde una perspectiva alejada, se percibe la distancia como la realidad que no es. Una cosa es subir montañas y otra ver documentales de alpinistas. La guerra en sí es soportable, ¿y sabe por qué? No lo adivina. Mire, usted se levanta por la mañana, se viste con su traje y camina hacia la trinchera. No se da cuenta eso sí. Piensa en el partido de la tarde, en la película del fin de semana, en ir con su esposa a un buen restaurante, pero no, lo que está es distrayendo su atención en asuntos que le hagan olvidar que va a la guerra. ¿O su sueldo se lo gana usted sin despeinarse? En la guerra no ocurren esas cosas, el vivir la batalla hace que haya instantes de auténticas jornadas de éter aux anges. Imagínese de la mano de una bella señorita en la ciudad conquistada. Con cuatro días de permiso. Entre ruinas y cafés improvisados. El trabajo es una guerra sucia. No. Morir de estrés es innoble, debería estar prohibido por alguna ley. Sabe que en el país que habitamos hay más leyes que en casi cualquier otro. Todo tiene que estar regulado por ley. No se dan cuenta que las leyes deberían ser pocas, conocidas, ampliamente sabidas y que regulasen de tal forma la libertad del juego, que quedase garantizada ésta. Sólo ésta es el fin de la norma. La de hacer hombres libres, no esclavos de la norma. La ingente cantidad de legislación atenta contra la seguridad jurídica. Si un país tiene exceso de leyes, malo. Y este lo tiene. En la guerra no hay estrés, se derrocha adrenalina. Además puede usted disparar a matar, no hay problema. No se trata de hablar mal de nadie, ni de insultarlo, ni de injuriarlo, no, usted aprieta el gatillo y concluye su labor cuando se le acaba la munición. ¿No le parece su oficina la guerra? En la nómina deberían escribir eso de Trabajar perjudica seriamente a la salud. Pero sabe cuál es el cáncer. La incompetencia. Sí, si. Ya lo decía Don Benito Pérez Galdós; por todas partes vemos que la inteligencia y la actividad perecen, y la holganza sin ideas rebosa de bienestar. El mal endémico no es que esa carencia exista, sino que llegue al gobierno. Mire usted lector, es muy serio lo que pasa. La tragedia está en que es remediable. No es la entropía de la civilización. Ésta es y debe ser la meta. Sino volvamos a Atapuerca. No se a que se dedica usted, pero le puedo garantizar que su labor bien hecha es un valor imprescindible para la sociedad. Poner un tornillo en su sitio es tan importante como operar a corazón abierto. ¿Qué exagero? Lo ve. El tornillo mal puesto puede provocar que el engranaje se tuerza, arranque el anclaje de la máquina, paralice la producción y, acarree el desprendimiento de la pieza que provoque el fallecimiento del operario que la estaba arreglando. ¿Por qué no se entiende? ¿Qué es lo que falla? La civilización comienza en la familia, continúa en mi puesto de trabajo, en mi actuar como ciudadano y en mi responsabilidad. Y si hago las cosas bien, puedo hablar. Y si no, no. ¿Es normal vivir en un país en el que el ochenta por ciento de los jóvenes quiere hacerse funcionario? El primero, yo. Todo hijo de vecino puede levantarse por la mañana y darse cuenta de su capacidad, crear su negocio, realizar su sueño, darle a la sociedad el placer de su trabajo, porque hace lo que le gusta hacer, ser el rey del donut del barrio, hacer los mejores perritos calientes de la avenida, arreglar relojes de bolsillo, pintar de colores los zapatos de la gente, lo que sea. Ese ochenta por ciento que cree. Cree, del verbo crear. ¡Qué inventen ellos! decía Unamuno. ¡No! Rotundamente ¡No! Tenemos que inventar nosotros. Ese ochenta por ciento huye de la oficina. No la quiere ni ver. Prefiere la guerra. -Me ha convencido-, me puede responder, quiero hacer mi sueño realidad. ¿Qué debo hacer? Quiero vender, es más, quiero ser el rey de las ventas de pisapapeles de mi barrio. Quiero inflarme a vender pisapapeles. ¿Qué debo hacer? Muy sencillo, le puedo contestar. Debe en respuesta a la exigencia de la Ley tal, en su artículo tal, desarrollada por Reglamento tal, disponer de un local auditado por al Comunidad, el Ayuntamiento y un inspector del Estado que le dará, previas diligencias, la autorización que le acreditará como apto para el ejercicio de su profesión, después usted deberá hacer una inversión de tal, en el local para acomodarlo a la última disposición municipal que regula la atención del servicio en respuesta a su acomodación a las normas de habitabilidad de salud integral para interiores. Con su certificado podrá darse de alta como autónomo, previo pago de su seguro, su colegiación, y una tramitación en papeleo que le llevará a usted meses preparar. ¿Pero si iba a vender pisapapeles? No se preocupe, si prospera le esperan los impuestos. Si el gobierno no da respuesta a su deber de gestión del país, no se preocupe, a su negocio lo freirán a impuestos. ¿No le apetece intentar hacer realidad su sueño verdad? Corra a subir al ministerio, a sentarse, a escuchar la radio, a trabajar en sus ratos libres y a perpetuar el futuro de su prole garantizando que entren como sea a correr su misma suerte. Créeles puestos a medida. Venda las plazas. Así llegaremos lejos. ¿Usted tiene miedo a la guerra? Sabe que en nuestro país; no diga en este país, suena mal, ya lo dijo Larra; muere más gente en un año en la carretera, que en un año en la Guerra de Vietnam. Sabe que si suma los accidentes de trabajo al día, tenemos más muertos que en algunas importantes batallas. ¿Cuántos muertos hay en las trincheras de la vida? Donde no hay libertad, no crece ni la hierba. Adolfo Domínguez nos dijo, en una charla en la universidad, que lo que había hecho grande a Inglaterra es que es un país de tenderos. Comenzó a trabajar en el taller de su padre. Aquel pequeño taller es hoy una empresa internacional que cotiza en bolsa. Abandone la guerra. Huya de la función pública. Olvídese de la trinchera de la vida. Tire a los políticos a la basura y hágase tendero de sus sueños. Constrúyalos con los ladrillos de la honestidad, del sacrificio, del esfuerzo, del juego limpio, de la confianza, y busque dos anhelos, la libertad y la felicidad, ¿con qué fin? Dar de comer a los suyos. ¿El Estado? El garante de estos libres. Sólo así seremos una nación.

 

Rubén López