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POETAS EN LA RED

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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

La Luz

Perdí las páginas leídas en el olvido. Recogí las ideas y las devolví al pensamiento. Recuperé la memoria perdida y me acordé de ser yo mismo. ¿Cómo lo hice? No lo se. El resultado fue un paseo por el recuerdo. Caminé despacio y llegué a un lugar, no se cual. Allí me vacié y seguí andando. Al dar unos pasos volví la mirada y recuperé la distancia, regresé por un momento. Continué despacio y seguí llegando. ¿Dónde? No lo se. El resultado fue un paseo por la memoria. Entonces me acordé. Seguí cavilando y perdí la razón cuando me olvidé de todo. ¿Pero cómo puedo estar seguro? No lo se. Di un paso al frente, me asomé y ví una Luz. No me cegó. La Luz pronunció mi nombre y se apagó. ¿Dónde fue? No lo se. Se fue. ¿Seguí? No lo se. Giré en el vacío y regresé.

Comencé a andar por la calle como si no hubiera pasado nada. El café estaba en su sitio, el parque, la farola, la plaza. Seguí andando y me perdí. Fue por una calle cualquiera. Andando descubrí que no tenía miedo. Todo seguía en su sitio y misteriosamente todo había cambiado. ¿Era igual? No, no lo era. Andaba bocabajo o eso me pareció, cuando alguien le habló a mis pies. No respondí, nunca lo he hecho con los pies, me parece una falta de cortesía y de educación. Así que seguí caminando. Pero no tuve más remedio que hacerlo para poder comprar un calzador con punta redonda. Al ver la dependienta a mis pies departir en animada conversación en redondo movimiento, luego la energía es circular, cayó en desplome vertical hacia el astuto suelo que vio lo que le caía encima, y se apartó. ¿Dónde llegó la dependienta? No lo se. Cayó. Sugerí a mis pies que se mantuvieran en sigiloso silencio, pero no me hicieron ni caso, así que comenzaron a hablar según caminaba sin poder hacer nada al respecto. Conté a más de una veintena de personas seguir el curso de la dependienta. ¿Dónde fueron? Imagino que el lector lo sabrá. Yo no. No comí ese día. No sabía que hacer. Decidí no salir de casa mientras trataba de hablar mientras mis pies no callaban. Traté de dormir. Caí en un profundo sueño y comencé a verme. ¿Dónde? No lo se. Quería despertar pero no podía. Uno de mis pies me dijo que no me preocupara, que al él le pasaba a menudo lo mismo. No lo creí. He conocido a pies que no decían nada más que mentiras. Hay que tener cuidado con lo que dicen los pies porque no todo es verdadero. ¿Cómo sabes cuando un pie te miente? No lo se. No soy podólogo. Como no creí a mi pie seguí soñando. Esta vez andaba por la calle con la extraña apariencia de ir sentado en el aire. ¿Cómo digo? No lo se. Imagino que el lector lo sabrá. La gente cuando me veía se bajaba de los coches y salía corriendo hacia delante. ¿Dónde? No lo se. Abandonaban los vehículos y se iban. A mi no me importaba. Las calles parecían un anárquico aparcamiento. Cuando me estaba acostumbrando esta vez hablaron los dedos de mis manos. Si un pie puede mentir, no digamos nada lo que dicen los dedos de las manos. No lo sabía hasta entonces. ¿Quién dice la verdad? No lo se. Imagino que el lector lo sabrá. ¿Dónde está la verdad?, ¿quizá donde fue la dependienta y el resto?, ¿quizá donde fueron los conductores? Es posible. Bajé unas escaleras. ¿Dónde llegué? No lo se. Allí había libros, muchos libros. Me senté y comencé a leerlos todos, claro que tardé un tiempo. Eran tantos que estuve allí mucho tiempo. ¿Cuánto? No lo se. Y entonces desperté. No me lo podía creer. Había leído tanto que al despertar no me acordaba de nada. ¿Y qué sabía? No lo se. Imagino que el lector sabrá más que yo. Al despertar tuve una sensación extraña, estaba en el techo bocabajo suspendido mirando que el suelo estaba aquí arriba, y el techo estaba ahí abajo. No podía ser. Estaba todo al revés, y acababa de despertar. Mis pies y mis manos comenzaron a hablar. Esta vez comencé a preocuparme de verdad. Y los libros rebosaban las paredes llenas de estanterías. ¿Cómo podía ser? No lo se. Imagino que el lector lo sabrá. Apagué la Luz. No quería ver nada. Se hizo la oscuridad y respiré. Apareció otra vez la misteriosa Luz. Me llamó por mi nombre y esta vez no desperté.

 

Rubén López