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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

La seta

La niebla lo invadía todo. El Puerto de Canencia acariciaba las nubes, el frío anunciaba un noviembre invernal y no paraba de llover. No había ni un alma. Aparqué el coche y me perdí por el bosque. Solitario, anduve por entre la niebla sorteando árboles y dejándome invadir por aquella atmósfera de montaña. Al cabo de un rato, adentrado en el bosque, observé una forma redonda sobre el suelo. Irradiaba una luminosidad roja. Pensé que alguien habría perdido algún objeto y me dispuse a recogerlo. Me acerqué a él sin perderlo de vista. No lo identificaba. En plena niebla, parecía irradiar luz. Me agaché con sigilo. Allí estaba, era lo más hermoso que había visto entre tanta naturaleza. La seta era perfecta. Enorme. Completamente plana, roja, con pintas blancas. La extraje de la tierra después de mirarla largo rato. Mientras la observaba, algo me llamaba la atención. No era una simple seta. Paseando llamó mi atención, me atrajo, me sedujo. A mil ochocientos metros de altura, sólo bajo unas determinadas condiciones en un momento concreto del año, y sólo entonces esa seta cobra vida. No nace en cualquier parte. Quien sube allí, lo hace por una inquietud, por una búsqueda, por un encuentro con la montaña, con algo superior incluso. Y allí, y no en otro sitio, nace esa seta. En pleno bosque, en mitad de la nada, solo, a mucha altitud, bajo la niebla, una seta de una belleza extraordinaria refulgía a mi paso. Al extraerla la contemplé detenidamente. Tenía una forma de T perfecta. El sombrero estaba moteado por pintas blancas. Esa seta no estaba ahí por casualidad. Sobre la seta, en el bosque, me fui con mi pensamiento a millones de años atrás en el tiempo. Imaginé a algún primitivo hombre deambular por aquellas montañas y en un encuentro similar con el hongo. ¿Lo probaría? Estoy seguro que sí. La seta era una amanita muscaia, en dosis altas tiene un gran efecto neurotóxico, que potencia su efecto alucinógeno si está seca. La naturaleza hace crecer un enteógeno que causa la apreciación deformada de formas y distancias. ¿Religión? La religión, la creencia en lo supremo, tuvo que venir dada desde los tiempos inmemoriales por dos hechos, la muerte y la naturaleza. Aquel hombre primitivo ya enterraba a los muertos bajo un cierto ritual, y sabía que había puertas hacia algo más. En aquel bosque encontré la puerta.

Rubén López