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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

La chimenea

Me preguntaba porqué había elegido la carrera de medicina. Sobre la lápida, me sentía aterrado de estar sacando cadáveres para depositarlos uno a uno encima del mármol. El cementerio abandonado tenía unos cientos de años. Las cruces casi ilegibles salpicaban desordenadamente el recinto cuadrangular. Era de noche. Los árboles sin hojas nervaban el pálido cielo cubierto de nubes y una Luna llena sin cráteres. La bruma lo difuminaba todo. Me habían contratado para estudiar aquellos restos humanos. Eran tan antiguos que acepté el dineral que me ofrecían para ello. Pensé que un trabajo así no me restaría nada de tiempo y enriquecería sin esfuerzo. Me equivocaba. Llevaba dos semanas sacando muertos en un lugar que helaría la sangre al mismo demonio. Una vez extraídos, los conducía con la ayuda de un viejo sirviente al sótano de una mansión en ruinas. La puerta del cementerio miraba al largo camino que conducía a la entrada de la residencia. Las rejas de ambas puertas eran de una simetría desconcertante. La mansión parecía estar habitada sólo por el servicio compuesto por octogenarios miembros de ambos sexos. La dama de llaves se arrastraba cuan cadáver viviente por los pasillos. Era atroz. No veía el día de terminar aquello y regresar a casa. La mansión se encontraba al norte del país, en una zona casi despoblada. Me había llevado días de carruaje llegar a aquel recóndito lugar. Al dueño de la mansión no lo había visto nunca. Su agente me firmó el contrato y entregó el dinero. No me dijo lo que quería encontrar en los huesos a estudiar. Ahora me remordía saberlo, en aquel momento no lo pensé. No me estaba permitida la entrada a la totalidad de la casa. Mis pasos se limitaban al sótano, una pequeña habitación en la estancia superior, y el través del salón. Una enorme chimenea siempre encendida habitaba la pared central, bajo un monumental espejo. Las lámparas de antorchas cruzaban las paredes. Había velas encendidas por todas partes. Y espejos, muchos espejos. Todo era antiquísimo. Las ventanas, puertas y pasillos recordaban a las viejas catedrales. En medio del salón, rodeado de alfombras orientales, descansaba un enorme piano. No me iba a creer nadie cuando regresase y contase que lo había escuchado sonar sin que nadie lo tocase. Todo parecía muy extraño. Faltaba tan sólo un día para mi anhelada partida, era la última noche. Todas las ventanas estaban abiertas de par en par. El frío era intenso. No podía pegar ojo. Una gran forma pasó ante mi ventana. Me asomé por ella pero no aprecié nada. Algo llamó mi atención. Una luz brillante resplandecía a los lejos. Parecía avanzar hacia la casa. La luz se iba agrandando. Semejaba un carruaje. El viento comenzó a soplar con una fuerza violenta. Cerré la ventana. Al instante dos golpes sonaron en la puerta de mi habitación. Al abrir me quedé de piedra. Un extraño y pálido anciano cortésmente se identificó como el dueño de la mansión que me había contratado. Me invitó con mucha amabilidad a abrir la ventana, al mismo tiempo de advertirme para no volver a repetir mi conducta de cerrarla. Me acompañó al salón y me ordenó que no me moviera de allí. Los sirvientes cerraron las puertas y quedé literalmente atrapado con la chimenea, el inmenso espejo y el piano como un elemento más. Comenzó una sinfonía de ruidos infernales, pero no podía distinguirlos, ni saber de que se trataba. Era un tanto arriesgado, pero decidí trepar por la chimenea y averiguar que ocurría. Si trataba de avanzar rápido quizá no me quemaría, pensé. Así lo hice, con tan buena fortuna, que enseguida puede encontrar un hueco a modo de tiro de la chimenea en el primer piso superior. Asomé la cabeza y contemplé un espectáculo tétrico. Los cuerpos que durante días había desenterrado y ordenado se recomponían y avanzaban rígidos, sin mirada ni orden por todas partes. El piano comenzó a sonar sin pianista. El aire bramaba por cada ranura. Parecía que estaba en el barco de regreso. El dueño de la mansión batió la capa y se convirtió en un gigantesco murciélago. Una vez alcanzado el techo entró por una de las ventanas y desapareció tras ella. Trepé como pude por las paredes, jugándome la vida, hasta que di con la ranura que ventilaba la estancia. Docenas de muy hermosas doncellas dormían. Volando, por entre todas las ventanas decenas de figuras se metamorfosearon y llenaron la habitación. Todo el servicio capitaneados por el dueño de la mansión, se acercaron a los cuerpos de las mujeres y comenzaron a morder sus cuellos. Una vez saciada su sed de sangre, mostraban sus largos colmillos al tiempo que perdían años. Todos los cadáveres vivientes deambulaban en ese instante sin rumbo por aquí y allá. Habían sido las anteriores víctimas. Una vez consumado el sacrificio, serían devueltos a sus fosas, para ser despertados en la siguiente sangría. Contemplé el rostro angelical de una hermosa dama tumbada, a la espera de ser atacada. Nunca había visto nada parecido. Un instinto se apoderó de mí. Dejé de pensar. Salté, la recogí en mis brazos y saltamos por el hueco de la chimenea hasta caer al fuego. De un salto esquivé las llamas. Rodamos por el suelo. El golpe la despertó. Recordé en ese momento que el salón estaba cerrado bajo llave. La dama, sabía donde se escondía una copia del juego, curiosamente en el piano que sonaba sin manos. Abrimos una de las puertas, y salimos sin abrigo alguno al raso. Montamos en el carruaje y huimos sin rumbo. Habría sangre suficiente para saciar a aquella jauría de vampiros y vampiras. Tuvimos suerte. Cuando llegamos a la capital, con el terror en el cuerpo, lo primero que hicimos fue visitar la iglesia. Nunca dejamos en lo sucesivo de hacerlo. Nos casamos tiempo después y nunca más tuvimos noticias de semejante lugar, ni nos remueve la más mínima curiosidad. Damos testimonio, mi mujer y yo de que tal lugar existe. Nuestros hijos no nos creen, pero hace un tiempo, no muy lejano escuchamos por los alrededores rumores sobre hechos similares a los que acabo de relatar, de alguien que debió escapar y no ha guardado el silencio que por prudencia nosotros siempre respetamos.

Rubén López