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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

La globalización

Está de moda entre los intelectuales y progres cargar tintas contra la globalización. ¿Qué es la globalización? ¿Por qué la demonizan? El ser humano necesita etiquetar, y si no sabe algo mejor y con más propósito. La culpa de los males del mundo moderno la tiene la globalización, y uno se queda tan a gusto. ¡Ah!, bueno, ya sabemos que es la globalización, le hemos puesto nombre y podemos ir a dormir en paz. La cultura griega se origina en la civilización cretense en el tercer milenio antes de Cristo. Los cretenses recorrieron el Mediterráneo, comerciando en tierras de lo que hoy sería Italia y España. No se si los intelectuales y progres de entonces, se echarían las manos a la cabeza contra la incipiente globalización. ¿O no se llamaba así por aquellos tiempos? Comprar un producto griego en Esparta, Massilia (actual Marsella), Sicilia o Rosas ¿no era globalización? ¿Qué hubiera pasado si los griegos hubieran tenido medios de transporte como los actuales? ¿Hubieran respetado alguna otra cultura que no fuera la griega? Valga decir lo mismo de egipcios, romanos, árabes o españoles cuando fuimos un Imperio. En tiempos de Felipe II y Carlos V, existía una comunicación epistolar entre las gentes del nuevo y viejo mundo, el Internet de la época, una mezcla de culturas o de aniquilación, un tránsito de personas y productos, por no decir un proceso de globalización. Las patatas que se cultivan en cualquier pueblo español no siempre estuvieron ahí, ¿no son fruto de la globalización? No. Para los intelectuales y progres el proceso es algo nuevo y novedoso que está arrasando culturas y hace que uno pueda comer en un McDonald´s a los pies de la muralla china al igual que en París. La globalización es un proceso inevitable que ha existido siempre. Los transportes, los medios de comunicación, los procesos de comunicación, el comercio, los bajos costes de los desplazamientos, el acorte de las distancias en el tiempo fruto del avance tecnológico hacen que el mundo termine siendo una aldea global. Si a usted le cuesta once mil euros viajar a Sidney y tres días de trayecto, difícilmente se planteará viajar regularmente a Sidney. Si a usted le cuesta viajar veinte euros a dicha ciudad y treinta y cinco minutos de vuelo, a lo mejor se plantea comprarse un apartamento para los fines de semana, abrir un restaurante de comida española y pasar el verano allí. ¿En Sidney comiendo comida española? Eso es globalización. Bien, llegado el caso, si usted puede poner su restaurante en Sidney y a eso lo llamamos globalización, ¿qué tiene de satánico? A efectos prácticos es como si lo abre en la esquina de su casa. ¿Atenta o aniquila la cultura australiana? En mi humilde opinión no, no sólo no la aniquila sino que la enriquece. El mundo avanzará más aun. Los medios de transporte del futuro serán más baratos y acortarán más las distancias. El mundo será inevitablemente uno y eso será bueno. El abaratamiento de los productos y la facilidad de comercio disminuirán el hambre y la pobreza, así como las enfermedades. El proceso de la globalización es tan antiguo como el hombre y tan inevitable como las guerras. ¿Qué vendrá después de la aldea global? El primer proceso será la lucha de las culturas por mantener su identidad y costumbres. Habrá dos movimientos enfrentados, los radicales defensores de su referente frente a los que campen a sus anchas y se asienten allí donde tengan a bien. El mundo que viene traerá conflictos, pero nada impedirá que sea una aldea global. Las raíces culturales de los pueblos no desaparecerán nunca, nacerán nuevas formas de vida, y el mundo seguirá rodando. No hay nada nuevo bajo el sol dice el proverbio de Shlmó ha mélej ben David, para que se sepa que no nació de la incertidumbre sino que ya existía en el pasado, en los muertos antes de él. Bajo el sol está lo que vemos y lo que no vemos, pero que está ahí y sigue invisible hasta que quitemos de encima la noche cerrada que se le cierne encima.

Rubén López