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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

El precipicio

            Semana Santa. Viernes Santo. Abril. Visito una vez más el Monasterio de El Paular. Nieva. El suelo está mojado por la lluvia reciente, el campo a pesar de la humedad se tiñe de blanco. Los copos son tan grandes que caen a plomo, despacio, en línea recta. La carretera no presenta signos de cubrirse. Compro una medalla de San Benito y emprendo la marcha. Evito el Puerto de Navacerrada. Escojo como ruta de regreso el Puerto de la Morcuera, por Miraflores. La carretera es estrecha, serpentea montaña arriba delimitando el vacío. La ladera cae casi de continuo pendiente abajo a un lado de la calzada protegida por almenas medievales. Cualquier caída es mortal de necesidad. Viajo solo. El vehículo que me precede da la vuelta. La carretera sigue despejada y continúo. Algún coche se cruza conmigo de frente y pienso que habrá tenido que atravesar el puerto, eso me tranquiliza. Los días son calurosos por el día. Me extraña la nevada improvisada. Hace frío, mucho frío en contraste con las temperaturas alcanzadas al mediodía. La nieve continúa acumulándose por el paisaje, la precipitación cada vez es mayor y el asunto pinta feo. He cruzado el desfiladero montaña arriba y dar la vuelta, por la pendiente con la que está cayendo no me apetece. Sigo montaña arriba y la cosa empeora por momentos. La nieve comienza a cubrir el firme y voy completamente solo por la carretera. Corono así el Puerto de la Morcuera, algo me dice que pare a la derecha, donde se abre el camino que termina al otro extremo de la Cuerda Larga. No paro. Reduzco la velocidad y al iniciar el cambio de rasante, se abre hacia mi vista una auténtica pista de hielo. La curva; en cuyo ensanche se abre el aparcamiento que desemboca en un precipicio, o en el curso normal de la carretera; está helada. Pierdo el control. El coche no responde. Comienza a balancearse de un lado a otro. Giro el volante en direcciones opuestas y no me hago con él. Comienzo a caer a la deriva, los frenos no responden. Veo el poste al comienzo del aparcamiento, pienso en chocar contra él para amortiguar la caída, pero puede ser peor, puedo comenzar a dar vueltas como una peonza, tomar velocidad y caer por el precipicio. Al rebasarlo sin control, en ese momento, tuve una experiencia increíble, digna de ser contada. Pese a lo espeluznante de la escena, en caída libre, en el coche hacia una curva protegida por un quitamiedos muy bajo, que evita la caída libre de los cuerpos por el efecto de la gravedad hacia el vacío, lejos de sentir miedo, tuve una de las experiencias más importantes de mi vida. Hubo un momento, un instante, en el que tomé conciencia clara, absoluta, de la inevitabilidad del accidente. Sabía que no iba a acabar bien aquello. En ese momento, esto lo han contado muchas personas que han vivido una experiencia similar, el tiempo, la noción del tiempo, la percepción del mismo cambió para mí. No puedo saber cuantos segundos duró, pero sí puedo recordar que el tiempo se congeló, pasó a cámara lenta. Pensé por instinto. Me dio tiempo a hacerlo en muchas cosas. Me acordé de la Virgen de Garabandal, le pedí ayuda. Según caía, nada más acordarme de la Virgen, por instinto, me desabroché el cinturón de seguridad, abrí la puerta y rodé por el suelo después de saltar. Oí el choque brutal del coche contra el quitamiedos. Justo antes de saltar, pasó por mi mente la posibilidad de volcar después del impacto contra aquel. Entre la posibilidad de caer al vacío y saltar, mi mente actuó sin pensar, eligió lo segundo, salté. No sufrí lesiones. Tan sólo tuve un hematoma visible a los varios días en la pierna izquierda, con la que golpeé el suelo al abandonar el coche. El médico me dijo que podría haber tenido lesiones graves de haber impactado dentro del vehículo. El haber vivido esta experiencia y haber salido con éxito de ella me alegra por el hecho de haber podido comprobar que esa variación del tiempo, esa distorsión en un acontecimiento límite significa, por supuesto para mi, puede ser una apreciación meramente subjetiva, que de alguna manera estamos en esta vida, pero desde luego no acaba aquí la cosa. Esa elasticidad de la percepción del tiempo significa algo, no es casual. No pensé al ritmo normal, mi cerebro no actuó al igual que lo está haciendo en este momento, mi percepción de la realidad no es la que estoy teniendo aquí y ahora mientras escribo estas líneas, era otra. Tuve claramente la noción del transcurrir de los acontecimientos en una clave que no era la habitual. Significa por tanto, que permanentemente vivimos en la delgada línea roja que nos separa de lo inmutable, seamos conscientes o no, y lo hacemos sin pensar en ello un solo instante. Mal asunto. No voy a recomendar a nadie que viva la experiencia aquí descrita, Dios me libre, que sufrí. Pero sí alertaré sobre la importancia de  tomarse en serio el asunto de vivir. No me refiero a votar cada cuatro años, leer el periódico, ver el telediario y buscar un trabajo serio para pagar la hipoteca. Seamos serios. En el momento de la verdad, sólo lo esencial cobra valor, todo lo demás sobra. Me refiero a eso, a vivir desechando lo que no es esencial y valorando lo que realmente tiene importancia.

 

 

                                                                                     Rubén López

 

Rubén López