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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

La familia

La última bala tenía escrito el nombre del cierre de un contrato no escrito. El local había cambiado de dueño. El antiguo había sido llamado por su hombre de confianza a capítulo. “From dusk till down” sonaba aun de fondo cuando entré. Me quité el sombrero y dejé la pistola sobre la barra. La sangre inundaba el suelo, había vidrios por todas partes, las mesas estaban descolocadas, no había ni una silla en su sitio. En el impecable traje encajaba sarcásticamente la rosa en el ojal. El sombrero cubría esta vez el suelo. Casquillos de bala hacían el resto del decorado. No había mucho destrozo en el mobiliario. Entré en la sala de juego. La falsa puerta abría el casino clandestino. Estaba todo en orden. Mi ayudante tomó notas, redactó el informe y sacó fotografías, recogió muestras y pusimos fin al asunto. Otro asesinato más, pensé, es el decimocuarto, y esto no ha hecho nada más que empezar. La noche se presentaba fría. Mandé apagar la sirena, me molestaba el ruido, no podía pensar. Cargué un revólver de repuesto y lo escondí bajo la gabardina. El reglamentario me parecía una broma en aquellos días. Al avanzar por la avenida, dos vehículos negros redujeron la velocidad una vez nos hubieron adelantado, colocándose a la altura el uno del otro y comenzaron una refriega que acabó con la vida de todos los ocupantes de ambos turismos. Paramos el coche, bajé y contemplé la escena del crimen. Chicago no era el lugar idóneo para pasar unas tranquilas vacaciones. Sabíamos que el golpe final no había llegado. Teníamos soplones en todas las bandas. De nada nos servía. La sangre no hacía sino correr a raudales por toda la ciudad. Detrás de la fachada de la compañía SMC Cartage, el garaje servía de centro de operaciones de la banda principal. Dos pistoleros vestidos con sobretodo y sombreros de copa y otros dos disfrazados de policías hicieron la masacre. Sólo quedó un amo en la ciudad aquella noche. No teníamos pruebas incriminatorias. Llamé al ayudante del fiscal. La Agencia de Prohibición estaba trabajando en el asunto me aclaró, y por fin al IRS nos daban cancha. Mi nombre es Frank Wilson.

 

Rubén López