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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Esto en mi época no pasaba

No voy a presumir de generación, hacerlo sería una falsa declaración de principios. Pero lo que ocurre con las nuevas huestes de bárbaros no pasaba en mi época. Me voy a ceñir al ámbito educativo. Cuando era pequeño tenía un profesor de gimnasia cuyo hijo vomitaba la comida cuando todavía no existía la anorexia. El profesor un día, recogió el vómito y lo devolvió al plato, se lo hizo comer al retoño y éste no volvió a repetir su conducta. Comió a partir de entonces como una persona. Nos reunió a los alumnos en el gimnasio, y curso por curso nos contó lo sucedido. Han pasado muchos años y todavía siento asco al imaginar la escena. He visto caer a plomo a un profesor sobre un alumno, dar galletazos a diestro y siniestro y literalmente levitar sobre una oreja a más de un compañero. No voy a decir que sea lo ideal, pero en mi época aprendimos educación además de una formación. Un adulto en aquellos tiempos era alguien respetable, fuese tu vecino, el camarero del bar, la dependienta o el cartero. En mi clase había dos pizarras, una para la clase y otra llena de deberes interminables por si te castigaban. Si lo hacían, te esperaban las tareas ordinarias y la pizarra de castigo. Teníamos profesor de disciplina, y nadie quería pasar por sus dominios. El director del colegio gritaba ante la falta de atención al estudio, un cuaderno sucio o una falta de conducta como el sargento en la trinchera al filo del combate. En el autobús teníamos guía. Si una cartera era vista en el asiento, la guía hacía levitar de una oreja al insurrecto. Siempre tuvimos profesores británicos en ciertas asignaturas. Dejaban la mano marcada. En mi época y en mis colegios no se podía pasar curso sin aprobar, y si no aprobabas no se podía repetir curso en el centro. Todas las semanas había exámenes y tendríamos unos diez años y más asignaturas de las que se cursan a día de hoy. Para los que hemos vivido esto, observar a las nuevas huestes de bachilleres es ver un horizonte desolador. Suspenden seis asignaturas por barba, más del 40% de los varones españoles no acaba la Educación Secundaria Obligatoria, según el “Informe Recarte 2. El desmoronamiento de España” de Alberto Recarte, los profesores sufren la violencia física y psíquica de los alumnos, y no hay quien entre a dar clase en un aula. Medidas como la concesión del rango de autoridad al profesorado de la CAM tratan de paliar el problema, así como la Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero que condena a los padres por los hechos cometidos por sus hijos menores. Pero no son medidas suficientes para erradicar un problema más profundo. La violencia también se cierne por los hijos en relación a sus padres, no sólo a los profesores. Esto en mi época no pasaba. Si la educación ha fracasado, y ese fracaso va a pasar factura, no digamos la formación. Es fácil escuchar una conversación de bachilleres en la que alguien con total seriedad oriente a otro correligionario o correligionaria generacional como acudir a las pirámides de Egipto usando el transporte público, el metro, confundir la celulitis con la elefantitis; cuyo término correcto sería la elefantiasis; o cualquier otra barbaridad. Un porcentaje reducido se salva. Viven atrincherados en el aula y estudian como pueden, son brillantes y están educados. Es la minoría del mañana. El grueso debería ser internado en un campo de concentración si queremos salvar la sociedad venidera. No es broma.

Rubén López