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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

El águila

Ondeando sobre la bandera, agitada al viento, el águila contempla las columnas invictas desfilar. El himno deja escapar una lágrima de una niña. Por tierra, mar y aire el ejército ha sufrido irreparables daños. La sangre derramada tiñe la rojigualda. Los nuevos mártires encontrarán descanso en el mausoleo de los inmortales. Yacerán junto a Daoíz y Velarde. Una llama eterna recordará sus nombres. El viento saluda a los héroes victoriosos. Sus mujeres tienen preparado el cálido hogar para su descanso. En las trincheras, sobre los campos, quedan los cuerpos de los verdaderos vencedores. Aquellos que dieron su vida contra el enemigo. Miles de prisioneros son conducidos por apenas unos hombres hacia su destierro. El cielo despejado contempla un Sol radiante cuyos rayos cruzan las heridas abiertas en combate, para cerrarlas sobre el nuevo mundo. Los campesinos y trabajadores saludan con la mano extendida y el corazón entregado el paso que los hará libres. Flanqueadas las columnas por la Guardia Varega, el Condotiero saluda con el alma a sus tropas. En ese momento una salva de cañones descarga desde lo alto del Castillo. Cientos de palomas surcan el aire. Los sables extendidos hacia el Condotiero ven pasar los cascos a su paso marcial. Siete cañones terminan el recorrido de las tropas. Sobre ellos rinde homenaje cada soldado u oficial. Sobre la montaña formaciones de aviones tiñen el cielo con la bandera. En unísono coro el himno es cantado en homenaje a los caídos. Uno a uno son inscritos sobre el mármol, frente a la llama eterna. Cinco navíos entran en el puerto. Disparan las salvas de honor. Los marineros forman en cubierta con la mirada hacia el Condotiero. Éste, proclama un nuevo orden que regirá desde el Castillo. Los vientos de oriente serán frenados. Y el nuevo continente renacerá de sus cenizas.

Rubén López