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POETAS EN LA RED

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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Desembarco                                        

            Sabíamos que iba a ser al día siguiente. Pertenecíamos a la 101ª División Aerotransportada, pero éramos los primeros de la lista. La noche cubría ya el cielo. Cenábamos todos en el barracón improvisado de comedor. Habíamos escrito las últimas cartas de despedida a nuestros familiares, esposas, novias y a esta vida. Cenábamos en silencio. Pero no era un silencio incómodo. Parecía una ceremonia. Sonreíamos. Estábamos alegres. Nadie creía poder sobrevivir. No habíamos nacido para otra cosa. Aquel era nuestro día. El destino nos había enviado a aquellas playas que aguardaban solitarias nuestro desembarco. Nos habían entrenado bien, con dureza pero con un cierto cariño. Nuestros mandos esperaban lo mejor de nosotros. Teníamos que abrir camino, nada más. Éramos la primera oleada. La orden nos la leyó sin entusiasmo ni emoción alguna nuestro superior. Nadie se inquietó, no hubo excitación, ni nervios. Todo el mundo asimiló lo que había sido llamado a hacer. Personalmente tengo que decir que pensé en todos los días de entrenamiento. Hice un recorrido de todo lo andado y confié en mí y en el destino. No temía la muerte. Comíamos sabiendo que era la última cena. Estábamos sentados sobre largas mesas, en grupos grandes. Nos pasábamos las bandejas, las jarras y el pan, alegres, cayados, en una especie de hermandad, ya no éramos simples soldados. Éramos hermanos que íbamos a vivir la última aventura de nuestras vidas juntos. Teníamos que saltar sobre las líneas enemigas sin retaguardia, ni casi cobertura. Nos dirigíamos a una muerte inevitable. Los que sobrevivirían serían los siguientes, lo más seguro. Pero nosotros no. No se respiraba un olor a tragedia, ni había lágrimas ni dolor alguno. Estábamos serenos. Cenamos con ganas de comer y dormimos descansadamente. Al amanecer, salí fuera del barracón. Contemplé los primeros albores del día y pensé, -hace un bonito día para morir-.

Rubén López