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POETAS EN LA RED

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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Televisión

La televisión vomita sobre los espectadores. El drama es serio y considerable. Carretera, muchos kilómetros, viajes y de vez en cuando entro en un bar a tomar un café y estirar las piernas. Es entonces y sólo entonces cuando veo, porque no tengo más remedio, la televisión. No puedo apagarla. El bar no es mío. Al escuchar aterrado lo que vierte ese trasto sobre una población cuya mitad no ha leído un libro en su vida y se enorgullece de ello, reconozco que me invade el miedo. Cuenta Eduard Punset en uno de sus libros sobre el cerebro y las emociones lo siguiente: “Cuando adquirimos una idea, la adquirimos por la información que nos llega. En el proceso de lavado de cerebro, la idea se forma por la invasión de información, lo que se ve, lo que se oye, la disposición de los objetos, la conducta de los demás. Todo dirige hacia esa nueva idea. Si hay muchas personas que constantemente te dicen lo mismo y no hay nadie que te ofrezca algo distinto, la realidad se convertirá para ti en lo que esa gente te diga. No hay nada más, no hay opciones, no hay fuentes alternativas de información. Por esa razón es importante detenerse y reflexionar. Por eso es esencial el pensamiento crítico. La única defensa contra la uniformidad de pensamiento, es la corteza prefrontal”. El panorama televisivo hiede a podrido. Descargado sobre una población carente de capacidad de análisis crítico, completa el resto del proceso de descomposición. Todas las televisiones cojean del mismo pie. Todas las cadenas y medios escritos compran noticias a las apenas cinco agencias que deciden lo que es noticia y lo que no lo es. Una vez comprada la noticia, será maquillada por un color u otro, generalmente el mismo.
Una vez más, el mundo espiritual es el llamado a combatir el caos, esta vez el de los antiguos rayos catódicos y actuales pixeles. Acudamos al milenario budismo, en busca de socorro, y sigamos sus enseñanzas como escudo para sobrevivir a la amenaza de la pequeña pantalla.
“No aceptéis nada que os llegue por mero testimonio. No aceptéis nada por mera tradición. No aceptéis nada por meros rumores. No aceptéis nada por mera suposición. No aceptéis nada por mera inferencia. No aceptéis nada por mera consideración de las razones. No aceptéis nada porque meramente concuerde con vuestros conceptos preconcebidos. No aceptéis nada porque parezca aceptable. No aceptéis nada porque penséis que el asceta que lo dice es respetable para vosotros. Pero cuando sepáis por vosotros mismos que estas cosas son inmorales, que estas cosas son condenables, que estas cosas son censurables por los sabios, que estas cosas, cuando se emprenden y llevan a cabo, conducen a la ruina y al dolor, entonces, de verdad, rechazadlas. Cuando sepáis por vosotros mismos que estas cosas son morales, que estas cosas no son condenables, que estas cosas son ensalzadas por los sabios, que estas cosas, cuando se emprenden y se llevan a cabo, conducen al bienestar y a la felicidad, entonces vivid y actuad de acuerdo con ellas”. EL Buda.

Rubén López