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POETAS EN LA RED

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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

Invisible

Entré en la tienda de revistas y pregunté dónde estaba el diario, entre tanta portada, al vendedor. Impasible continuó atendiendo a una amable señora. Hablaban de los muebles de su nueva casa. Decidí atenderme a mi mismo. Por fin lo divisé al otro lado de la estantería. Un señor me cerraba el paso. Con educación le pedí por favor que se apartara para que pudiera alcanzar el diario, pero ni se inmutó. Alargué el brazo como pude y me hice con el periódico a duras penas. Pagué sin que el tendero hiciese otro gesto que recoger el dinero y echarlo de mala gana a la máquina registradora. Salí a la calle, saludé a mi vecino que casualmente pasaba por allí, pero me quedé con el saludo en el intento. Continué mi jornada. Entré, esta vez, en la panadería, y aguardé mi turno. Cuando por fin llegó, un señor con muy mala educación se adelantó, cerrándome el paso y pidiendo un par de barras a la dependienta. Continuó la fila pasando hasta que finalmente compré las últimas barras que quedaban. De regreso a mi domicilio pensé, o dudé, si me abría convertido en el hombre invisible. Para no torturarme con la idea, decidí tomarme el día libre en el trabajo y pasear por la ciudad. Al llamar al trabajo y pedir por favor que me atendiera algún responsable, las diferentes personas que respondían al otro lado de la línea, pasaban mi llamada, sin responderme, de un teléfono a otro. -No se preocupe, tomamos nota de su petición-, contestó por fin vaya usted a saber quien. Con el día libre supuestamente otorgado, recorrí la ciudad. Sus bares, sus parques, las calles, todos los rincones. Al cruzar la calle divisé un par de vehículos que habían colisionado. Varias personas posaban de pie rellenando unos papeles, rodeados de varios policías que agitaban los brazos y me gritaban que acelerara el paso y desapareciera de allí. Así lo hice, y por ello desemboqué en una plaza. Crucé la misma sin que los niños interrumpieran las patadas al balón. En varias ocasiones estuvieron a punto de alcanzarme en la cabeza. Decidí tomar un café y leer el diario para tomar aire y descansar. Entré y me dirigí a la barra. Todos los camareros atendían a cualquier persona que no fuera yo. ¿De verdad sería invisible? Pedí un cortado en vaso y puse el dinero sobre la barra por si acaso. Un golpe seco y rápido dejó caer el café sobre una taza y una mano recogió el dinero. Leí en el diario que ciertas facultades de la universidad no tenían alumnos desde hacía un par de años. Sin embargo continuaban abiertas desde entonces, y todavía no las habían cerrado. Reanudé la marcha. Toda la ciudad estaba en obras. No quedaba un centímetro cuadrado de espacio público sin levantar. Por donde caminara, las voces de los operarios me apartaban a gritos de esta o aquella zanja. Al cruzar en ámbar el paso de cebra a las voces se unían los pitidos de los coches. Entré en el metro y pedí un billete. Un señor sin levantar la vista del periódico, me señaló las máquinas expendedoras. -Pulse el sencillo-, adiviné a escuchar. Una vez abandonado el suburbano decidí comprar un libro. Una vez solicitado el título a la dependienta, ésta lo devolvió a gritos a otra más, que a su vez desapareció misteriosamente. Cuando pensé que se habían olvidado de mi y emprendía la huída, un lacónico -dieciocho ochenta- resonó en el aire acompañado de –lo va a pagar en tarjeta o en efectivo-. Deposité los billetes en una mano que se extendía por encima de la caja registradora. El rostro de la cajera miraba hacia el teclado sobre el que punteaba la compra. La misma mano me extendió un recibo sin despedirse, ni dar las gracias o los buenos días. Una verdadera marea humana deambulaba por el conocido centro comercial en el que había hecho la compra del libro. Tenía que salir de allí. Rostros de miradas perdidas se cruzaban a mi paso. Una vez conquistado el espacio abierto, lo que antes se llamaban, parecían y eran calles y avenidas, y ahora son obras públicas, puse rumbo a mi humilde morada. De regreso, saludé al portero, sin que éste dejase de escuchar la radio y leer la prensa. No me habría escuchado. Al entrar en mi hábitat, encendí la luz, puse música y me quité el traje de la invisibilidad. Abrí el libro que había comprado, y acomodado sobre la butaca me adentré en el mundo del negro sobre blanco, en el que volví a ser persona.

Rubén López