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Diego Pedrosa

RUBÉN LÓPEZ SÁNCHEZ

El violín

El escaparate de la tienda iluminaba la calle cubierta de nieve. Las ventanas apenas despejadas parecían antorchas encendidas. Sobre la nieve, en el frío de la noche un violín sonaba. Ni ricos ni pobres podían dejar de pausar el caminar a su paso por el violín. Cada cual echaba las monedas que podía. La música parecía tener un efecto mágico sobre las gentes. Al calor del fuego de la chimenea se escuchaba mejor aquel violín. Los vecinos cuyas casas miraban a aquella calle, dejaban entreabrir algún resquicio en las ventanas para escuchar aquella música. Ésta impregnaba el lugar y lo tornaba especial. Pronto se hizo famoso el violín y la música misteriosa que producía. Gentes de los lugares cercanos comenzaron a peregrinar para comprobar los rumores vecinos. El violín fue amasando una pequeña fortuna acumulada en el estuche abierto. Pero nadie retiraba las monedas. Preocupadas, las gentes llamaron a la autoridad del lugar, y le informaron del acontecimiento. A nadie le inquietaba aquella música, todo lo contrario. La acumulación de monedas era tal, que nadie comprendía el motivo del abandono de semejante cantidad. Nadie las recogía. Un buen día un niño se acercó al violín y le preguntó por qué no recogía las monedas. Éste detuvo la música y con una melodía muy suave explicó al niño que si así lo hiciese, la música dejaría de sonar en él. -¿Es una maldición?- Preguntó de nuevo el niño. –No, no lo es-, contestó el violín. -Todo lo contrario. La música proviene de un lugar puro y lleno de misterio, que quizá no alcancemos a comprender, si intervienen las monedas, ese lugar se desvanece y la música se apaga-. -¿Y qué haremos con el dinero?-, preguntó el niño. –Dádselo a los más necesitados-, replicó el violín. Así se hizo en el lugar. La música nunca dejó de sonar en aquella calle que nunca dejó de tener nieve, estar iluminada por aquellas cálidas luces y acumular monedas que ayudaron a los más pobres del lugar.

Rubén López