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Soy un hombre cerrado, taciturno, poco sociable, descontento, sin que todo ello constituya una infelicidad para mí, ya que es solamente el reflejo de mi meta. De mi modo de vivir en casa se puede sacar alguna deducción. Vivo en familia con personas bonísimas y afectuosas, más extraño que un extraño. Con mi madre no he cambiado en estos últimos años más de veinte palabras de promedio al día; con mi padre, nada más que el saludo. Con mis hermanas casadas y mis cuñados no hablo en absoluto, sin que esto signifique que esté enojado con ellos. El motivo es sencillamente éste: no tengo absolutamente nada que decirles. Todo cuanto no es literatura me hastía y provoca mi odio, porque me molesta o es un obstáculo para mí, por lo menos en mi opinión".

EL VIEJO MANUSCRITO ANTE LA LEY Metamorphosis
SER INFELIZ EL PROCESO(1914) América (1913)
EL CASTILLO (1911-1914) La condena Un artista del hombre
La muralla china El proceso
El maestro de pueblo (1914) Blumfeld, un solterón (1919) La colonia penal (1914)
Descripción de un combate (1905) Contemplación (1913) Un médico rural (1919)
Una pequeña fábula Cuadernos en octavas (1917) Carta al padre (1919)
Diarios (1910-1923) Cartas a Milena

EL VIEJO MANUSCRITO


Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.

Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte.

De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras.
De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.
Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres.

Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez mas escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.
Es imposible hablar con los nómades.
No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio.
Entre ellos se entienden como se entienden los grajos.
Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés.
Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán.

Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.

También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato.
También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne.
Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero penso que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva.

No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios entorno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.

Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.

-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traido a los nómades, pero no sabe como hacer para repelerlos.
El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas.

La salvacion de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.





ANTE LA LEY

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene mas esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea para sobornar al guardián. Este
acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para si .
Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley.

Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley-dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para tí. Ahora voy a cerrarla.



SER INFELIZ

Cuando ya eso se había vuelto insoportable -una vez al atardecer, en noviembre-, y yo me deslizaba sobre la estrecha alfombra de mi pieza como en una pista, estremecido por el aspecto de la calle iluminada me di vuelta otra vez, y en lo hondo de la pieza, en el fondo del espejo, encontré no obstante un nuevo objetivo, y grité, solamente por oír el grito al que nada responde y al que tampoco nada le sustrae la fuerza de grito, que por lo tanto sube sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca; entonces desde la pared se abrió la puerta
hacia afuera así de rápido porque la prisa era, ciertamente, necesaria, e incluso vi los caballos de los coches abajo, en el pavimento, se levantaron como potros que, habiendo expuesto los cuellos, se hubiesen enfurecido en la batalla.

Cual pequeño fantasma, corrió una niña desde el pasillo completamente oscuro, en el que todavía no alumbraba la lámpara, y se quedó en puntas de pie sobre una tabla del piso, la cual se balanceaba levemente encandilada en seguida por la penumbra de la pieza, quiso ocultar rápidamente la cara entre las manos, pero de repente se calmó al mirar hacia la ventana, ante cuya cruz el vaho de la calle se inmovilizó por fin bajo la oscuridad. Apoyando el codo en la pared de la pieza, se quedó erguida ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de afuera se moviese a lo largo de las articulaciones de los pies, también del cuello, también de las sienes.

Miré un poco en esa dirección, después dije: "buenas tardes", y tomé mi chaqueta de la pantalla de la estufa, porque no quería estarme allí parado, así, a medio vestir. Durante un ratito mantuve la boca abierta para que la excitación me abandonase por la boca. Tenía la saliva pesada; en la cara me temblaban las pestañas.

No me faltaba sino justamente esta visita, esperada por cierto. La niña estaba todavía parada contra la pared en el mismo lugar; apretaba la mano derecha contra aquélla, y, con las mejillas encendidas, no le molestaba que la pared pintada de blanco fuese ásperamente granulada y raspase las puntas de sus dedos. Le dije:

-¿Es a mí realmente a quién quiere ver? ¿No es una equivocación? Nada más fácil que equivocarse en esta enorme casa.
Yo me llamo así y asá; vivo en el tercer piso.
¿Soy entonces yo a quién usted desea visitar?
-¡Calma, calma! -dijo la niña por sobre el hombro-; ya todo está bien.
-Entonces entre más en la pieza. Yo querría cerrar la puerta
-Acabo justamente de cerrar la puerta. No se moleste.
Por sobre todo, tranquilícese.
-¡Ni hablar de molestias! Pero en este corredor vive un montón de gente. Naturalmente todos son conocidos míos. La mayoría viene ahora de sus ocupaciones.
Si oyen hablar en una pieza creen simplemente tener el derecho de abrir y mirar qué pasa.
Ya ocurrió una vez. Esta gente ya ha terninado su trabajo diario; ¿a quién soportarían en su provisoria libertad nocturna?
Por lo demás, usted también ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.
-¿Pero qué ocurre? ¿Qué le pasa? Por mí, puede entrar toda la casa. Y le recuerdo; ya he cerrado la puerta; créalo. ¿Solamente usted puede cerrar las puertas?
-Está bien, entonces. Más no quiero. De ninguna manera tendría que haber cerrado con la llave. Y ahora, ya que está aquí, póngase cómoda; usted es mi huésped. Tenga plena confianza en mí. Lo único importante es que no tema ponerse a sus anchas.
No la obligaré a quedarse ni a irse.
¿Es que hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce?
-No. En realidad no tendría que haberlo dicho. Más todavía: no debería haberlo dicho.
Soy una niña; ¿por qué molestarse tanto por mí?
-¡No es para tanto! Naturalmente, una niña.
Pero tampoco es usted tan pequeña. Ya está bien crecidita.
Si fuese una chica no habría podido encerrarse, así no más, conmigo en una pieza.
-Por eso no tenemos que preocuparnos. Solamente quería decir: no me sirve de mucho conocerle tan bien; sólo le ahorra a usted el esfuerzo de fingir un poco ante mí.
De todos modos, no me venga con cumplidos.
Dejemos eso, se lo pido, dejémoslo.
Y a esto hay que agregar que no le conozco en cualquier lugar y siempre, y de ninguna manera en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiese la luz.
No.
Mejor no. De todos modos, seguiré teniendo en cuenta que ya me ha amenazado.
-¿Cómo? ¿Yo la amenacé? ¡Pero por favor! ¡Estoy tan contento de que por fin esté aquí! Digo "por fin" porque ya es tan tarde.
No puedo entender por qué vino tan tarde. Además es posible que por la alegría haya hablado tan incongruentemente, y que usted lo haya interpretado justamente de esa manera.
Concedo diez veces que he hablado así. Sí. La amenacé con todo lo que quiera.
Una cosa: por el amor de Dios, ¡no discutamos!
¿Pero, cómo pudo creerlo? ¿Cómo pudo ofenderme así? ¿Por qué quiere arruinarme a la fuerza este pequeño momentito de presencia suya aquí?
Un extraño sería más complaciente que usted.
-Lo creo. Eso no fue ninguna genialidad. Por naturaleza estoy tan cerca de usted cuanto un extraño pueda complacerle. También usted lo sabe. ¿A qué entonces esa tristeza? Diga mejor que está haciendo teatro y me voy al instante.
-¿Así? ¿También esto se atreve a decirme? Usted es un poco audaz.
¡En definitiva está en mi pieza! Se frota los dedos como loca en mi pared. ¡Mi pieza, mi pared! Además, lo que dice es ridículo, no sólo insolente. Dice que su naturaleza la fuerza a hablarme de esta forma. Su naturaleza es la mía, y si yo por naturaleza me comporto amablemente con usted, tampoco usted tiene derecho a obrar de otra manera.
-¿Es esto amable?
-Hablo de antes.
-¿Sabe usted cómo seré después?
-Nada sé yo.
Y me dirigí a la mesa de luz, en la que encendí una vela. Por aquel entonces no tenía en mi pieza luz eléctrica ni gas. Después me senté un rato a la mesa, hasta que también de eso me cansé. Me puse el sobretodo; tomé el sombrero que estaba en el sofá, y de un soplo apagué la vela. Al salir me tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me encontré con un inquilino del mismo piso.
-¿Ya sale usted otra vez, bandido? -preguntó, descansando sobre sus piernas bien abiertas sobre dos escalones.
-¿Qué puedo hacer? -dije-. Acabo de recibir a un fantasma en mi pieza.
-Lo dice con el mismo descontento que si hubiese encontrado un pelo en la sopa.
-Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.
-Muy cierto: ¿pero cómo, si uno no cree absolutamente en fantasmas?
-¡Ajá! ¿Es que piensa usted que yo creo en fantasmas? ¿Pero de qué me sirve este no creer?
-Muy simple.
Lo que debe hacer es no tener más miedo si un fantasma viene realmente a su pieza.
-Sí. Pero es que ése es el miedo secundario. El verdadero miedo es el miedo a la causa de la aparición. Y este miedo permanece, y lo tengo en gran forma dentro de mí.
De pura nerviosidad, empecé a registrar todos mis bolsillos.
-Ya que no tiene miedo de la aparición como tal, habría debido preguntarle tranquilamente por la causa de su venida.
-Evidentemente, usted todavía nunca ha hablado con fantasmas; jamás se puede obtener de ellos una información clara.
Eso es un de aquí para allá. Estos fantasmas parecen dudar más que nosotros de su existencia, cosa que por lo demás, dada su fragilidad, no es de extrañar.
-Pero yo he oído decir que se los puede seducir.
-En ese punto está bien informado. Se puede. ¿Pero quién lo va a hacer?
-¿Por qué no? Si es un fantasma femenino, por ejemplo -dijo, y subió otro
escalón.
-¡Ah, sí... ! -dije-, pero aún así no vale la pena. Recapacité.
Mi vecino estaba ya tan alto que para verme tenía que agacharse por debajo de una arcada de la escalera.
-Pero no obstante -grité-, si usted ahí arriba me quita mi fantasma, rompemos relaciones para siempre.
-¡Pero si fue solamente una broma! -dijo, y retiró la cabeza.
-Entonces está bien -dije.
Y ahora si que, a decir verdad, podría haber salido tranquilamente a pasear; pero como me sentí tan desolado preferí subir, y me eché a dormir.



EL CASTILLO (1911-1914)

El castillo escrita entre 1911-1914, e suna vovela más compleja y iscura. El protagonista, que llega a un castillo, quiere penetrar en el misterio del recinto amurallado en búsqueda angustiosa de algo que se nos antoja simbólico e indescifrable.

Es un topógrafo que abandona su hogar y familia para trabajar en un pueblo adscrito a un castillo. Cuando llegue a su destino, el pueblo le manifiesta que su trabajo no es necesario. K. intentará sin éxito comunicarse con la administración que lo ha contratado, residente en el castillo. Kafka despliega en "El Castillo" sus constantes temáticas de frustración individual en una colectividad desidiosa y destructiva, envueltas en su característica atmósfera irreal y absurda.

EL PROCESO

El protagonista principal de este relato de Kafka es Dios, alrededor de cuya ausencia, que es su poderosa manera de manifestarse necesario, de presentársenos como dueño y señor, el escritor checo monta una delirante aventura tragicómica, que comienza cuando unos guardianes de la ley aparecen en la habitación del ciudadano Joseph K. para detenerlo.

¿De qué se le acusa? No se sabe. Tampoco se sabe ante quién ha de comparecer, quién es el encargado de juzgar los presuntos delitos de Joseph K., quiénes integran el Tribunal.
Hay un momento en la novela de Kafka en la que un curioso personaje, el pintor Titorelli, al comentar las molestias que a K. ocasiona una muchacha, le dice al protagonista:
«Estas muchachitas también forman parte del Tribunal».
Porque el Tribunal es todo lo que existe, todo lo que hay, la realidad misma. Por eso no hay escapatoria. Es cierto que según se nos informa, «el Tribunal no es muy conocido por la población», es decir, es invisible, carece de grandes edificios con los que el pueblo pueda identificarle, pero no lo es menos que su sombra se distribuye por todas las casas, por la vida cotidiana de la gente, gente que, no se sabe cómo, conoce bien el caso de Joseph K., están enterados del proceso de Joseph K.
Así el Tribunal es imagen certera de un Dios (un Estado, una Conciencia) que no se deja ver pero que no puede dejar de manifestarse en todas las cosas.

Lo curioso de este texto que nos mantiene enganchados a los avatares que narra por mucho que éstos se nos presenten como insignificantes, y en los que el autor se permite muchas digresiones y entretenimientos, es que sabemos al comenzar la novela que el protagonista es inocente tanto como que no podrá hacer nada para evitar ser ejecutado.

Kafka compuso esta novela, su segundo intento novelístico, a golpes de euforia y depresiones, abandonándolo y retomándolo en épocas distintas. De ahí su carácter fragmentario. Félix de Azúa ha escrito que más que una obra artística, El proceso es un documento: el documento apropiado que precisaba la época del acabamiento del arte, el documento que simboliza, no una época, nación o sociedad, sino a toda la especie humana del siglo XX.

No deja de ser simpático que Kafka abordara la redacción de esta novela después de padecer un proceso particular, cuando unos familiares de su novia se reunieron para examinar al pretendiente y tras interrogarlo decidieron no aceptarlo como esposo de Felice Bauer.


METARMOFOSIS (1912)

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el que casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación con el grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.

-¿Qué me ha ocurrido?

No estaba soñando. Su habitación, una habitación normal, aunque muy pequeña, tenía el aspecto habitual. Sobre la mesa había desparramado un muestrario de paños -Samsa era viajante de comercio-, y de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado.

La estampa mostraba a una mujer tocada con un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su antebrazo.

Gregorio miró hacia la ventana; estaba nublado, y sobre el cinc del alféizar repiqueteaban las gotas de lluvia, lo que le hizo sentir una gran melancolía.

«Bueno -pensó-; ¿y si siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas estas locuras?» Pero no era posible, pues Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar tal postura.
Por más que se esforzara volvía a quedar de espaldas. Intentó en vano esta operación numerosas veces; cerró los ojos para no tener que ver aquella confusa agitación de patas, que no cesó hasta que notó en el costado un dolor leve y punzante, un dolor jamás sentido hasta entonces.

- ¡ Qué cansada es la profesión que he elegido! - se dijo-. Siempre de viaje. Las preocupaciones son mucho mayores cuando se trabaja fuera, por no hablar de las molestias propias de los viajes: estar pendiente de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian constantemente, que nunca llegan a ser verdaderamente cordiales, y en las que no tienen cabida los sentimientos. ¡ Al diablo con todo!

Sintió en el vientre una ligera picazón. Lentamente, se estiró sobre la espalda en dirección a la cabecera de la cama, para poder alzar. mejor la cabeza. Vio que el sitio que le picaba estaba cubierto de extraños puntitos blancos. Intentó rascarse con una pata; pero tuvo que retirarla inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.

-Estoy atontado de tanto madrugar -se dijo-. No duermo lo suficiente. Hay viajantes que viven mucho mejor. Cuando a media mañana regreso a la fonda para anotar los pedidos, me los encuentro desayunando cómodamente sentados.

Si yo, con el jefe que tengo, hiciese lo mismo, me despedirían en el acto. Lo cual, probablemente, sería lo mejor que me podría pasar. Si no fuese por mis padres, ya hace tiempo que me hubiese marchado.

Hubiera ido a ver al director y le habría dicho todo lo que pienso. Se caería de la mesa, ésa sobre la que se sienta para, desde aquella altura, hablar a los empleados, que, como es sordo, han de acercársele mucho.

Pero todavía no he perdido la esperanza. En cuanto haya reunido la cantidad necesaria para pagarle la deuda de mis padres -unos cinco o seis años todavía-, me va a oír. Bueno; pero, por ahora, lo que tengo que hacer es levantarme, que el tren sale a las cinco.

Volvió los ojos hacia el despertador, que tictaqueaba encima del baúl.

-¡Dios mío! -exclamó para sí.

Eran más de las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente.
En realidad, ya eran casi las siete menos cuarto. ¿Es que no había sonado el despertador? Desde la cama se veía que estaba puesto a las cuatro; por tanto, tenía que haber sonado.
Pero ¿era posible seguir durmiendo a pesar de aquel sonido que hacía estremecer hasta los muebles?
Su sueño no había sido tranquilo. Pero, por eso mismo, debía de haber dormido al final más profundamente. ¿Qué podía hacer ahora? El tren siguiente salía a las siete; para cogerlo tendría que darse muchísima prisa.

El muestrario no estaba aún empaquetado, y él mismo no se sentía nada dispuesto. Además, aunque alcanzase el tren, no evitaría la reprimenda del amo, pues el mozo del almacén, que habría acudido al tren de las cinco, debía de haber dado ya cuenta de su falta. El mozo era un esbirro del dueño, sin dignidad ni consideración.
Y si dijese que estaba enfermo, ¿ qué pasaría? Pero esto, además de ser muy penoso, despertaría sospechas, pues Gregorio, en los cinco años que llevaba empleado, no había estado nunca enfermo.

Vendría el gerente con el médico del Montepío. Se desharía en reproches, delante de los padres, respecto a la holgazanería de Gregorio, y refutaría cualquier objeción con el dictamen del doctor, para quien todos los hombres están siempre sanos y sólo padecen de horror al trabajo.
Y la verdad es que, en este caso, su diagnóstico no habría sido del todo infundado. Salvo cierta somnolencia, fuera de lugar después de tan prolongado sueño, Gregorio se sentía francamente bien, además de muy hambriento.

Mientras pensaba atropelladamente, sin decidirse a levantarse, y justo en el momento en que el despertador daba las siete menos cuarto, llamaron a la puerta que estaba junto a la cabecera de la cama.

-Gregorio -dijo la voz de su madre-, son las siete menos cuarto. ¿No tenias que ir de viaje?

¡Qué voz tan dulce! Gregorio se horrorizó al oír en cambio la suya propia, que era la de siempre, pero mezclada con un penoso y estridente silbido, en el cual las palabras, al principio claras, se confundían luego y sonaban de forma tal que uno no estaba seguro de haberlas oído. Gregorio hubiera querido dar una explicación detallada; pero, al oír su propia voz, se limitó a decir:

-Sí, sí. Gracias, madre. Ya me levanto.

A través de la puerta de madera, la transformación de la voz de Gregorio no debió de notarse, pues la madre se tranquilizó con esta respuesta y se retiró. Pero este breve diálogo reveló que Gregorio, contrariamente a lo que se creía, estaba todavía en casa. Llegó el padre a su vez y, golpeando ligeramente la puerta, llamó:

-¡Gregorio! ¡Gregorio! ¿Qué pasa?
Esperó un momento y volvió a insistir, alzando la voz:
- ¡Gregorio!
Mientras tanto, detrás de la otra puerta, la hermana le preguntaba suavemente:
-Gregorio, ¿no estás bien? ¿Necesitas algo?

-Ya estoy bien -respondió Gregorio a ambos a un tiempo, esforzándose por pronunciar con claridad, y hablando con gran lentitud, para disimular el insólito sonido de su voz. El padre reanudó su desayuno, pero la hermana siguió susurrando:

-Abre, Gregorio, por favor.

Gregorio no tenía la menor intención de abrir, felicitándose, por el contrario, de la precaución -contraída en los viajes- de encerrarse en su cuarto por la noche, aun en su propia casa.

Lo primero que tenía que hacer era levantarse tranquilamente, arreglarse sin que le molestaran y, sobre todo, desayunar. Sólo después de hecho todo esto pensaría en lo demás, pues se daba cuenta de que en la cama no podía pensar con claridad.

Recordaba haber sentido en más de una ocasión un vago malestar en la cama, producido, sin duda, por alguna postura incómoda, el cual, una vez levantado, se disipaba rápidamente; y tenía curiosidad por ver desvanecerse paulatinamente sus imaginaciones de hoy. En cuanto al cambio de su voz era simplemente el preludio de un resfriado, enfermedad profesional del viajante de comercio.

Apartar la colcha era cosa fácil. Le bastaría con arquearse un poco y la colcha caería por sí sola. Pero la dificultad estaba en la extraordinaria anchura de Gregorio. Para incorporarse, podía haberse apoyado en brazos y manos; pero, en su lugar, tenía ahora innumerables patas en constante agitación y le era imposible controlarlas.

Y el caso es que quería incorporarse. Se estiraba; lograba por fin dominar una de sus patas; pero, mientras tanto, las demás proseguían su anárquica y penosa agitación.

«No es bueno haraganear en la cama», pensó Gregorio.

Primero intentó sacar la parte inferior del cuerpo. Pero dicha parte inferior -que no había visto todavía y que, por tanto, no podía imaginar con exactitud resultó sumamente difícil de mover. Inició la operación muy lentamente.

Hizo acopio de energías y se arrastró hacia adelante. Pero calculó mal la dirección, se dio un fuerte golpe contra los pies de la cama, y el dolor subsiguiente le reveló que la parte inferior de su cuerpo era quizá, en su nuevo estado, la más sensible. Intentó, pues, sacar primero la parte superior, y volvió cuidadosamente la cabeza hacia el borde del lecho.

Hizo esto sin problemas y, a pesar de su anchura y su peso, el cuerpo siguió por fin, lentamente, el movimiento iniciado por la cabeza. Pero entonces tuvo miedo de continuar avanzando de aquella forma, porque, si se dejaba caer así, sin duda se haría daño en la cabeza; y ahora menos que nunca quería Gregorio perder el sentido. Prefería quedarse en la cama.

Pero cuando, después de realizar a la inversa los mismos movimientos, en medio de grandes esfuerzos y jadeos, se halló de nuevo en la misma posición y volvió a ver sus patas moviéndose frenéticamente, comprendió que no podía hacer otra cosa, y volvió a pensar que no debía seguir en la cama y que lo más sensato era arriesgarlo todo, aunque sólo tuviera una mínima posibilidad.
Pero en seguida recordó que meditar serenamente era mejor que tomar decisiones drásticas. Sus ojos se clavaron en la ventana; pero, por desgracia, la niebla que aquella mañana ocultaba por completo el lado opuesto de la calle, pocos ánimos le infundió.

«Las siete ya -pensó al oír de nuevo el despertador-. ¡Las siete ya, y todavía sigue la niebla!»

Durante unos momentos permaneció echado, inmóvil y respirando lentamente, como si esperase que el silencio le devolviera a su estado normal.

Pero, al poco rato, pensó: «Antes de que den las siete y cuarto es indispensable que me haya levantado. Además, seguramente vendrá alguien del almacén a preguntar por mí, pues abren antes de las siete. » Se dispuso a salir de la cama, balanceándose sobre su borde. Dejándose caer de esta forma, la cabeza, que pensaba mantener firmemente erguida, probablemente no sufriría daño ninguno.
La espalda parecía resistente, y no le pasaría nada al dar con ella en la alfombra. Unicamente le hacía vacilar el temor al estrépito que esto habría de producir, y que sin duda asustaría a su familia. Pero no quedaba más remedio que correr el riesgo.

Ya estaba Gregorio con casi medio cuerpo fuera de la cama (el nuevo método era como un juego, pues consistía simplemente en balancearse hacia atrás), cuando cayó en la cuenta de que todo sería muy sencillo si alguien viniese en su ayuda. Con dos personas robustas (y pensaba en su padre y en la criada) bastaría.

Sólo tendrían que pasar los brazos por debajo de su abombada espalda, sacarle de la cama y, agachándose luego con la carga, dejar que se estirara en el suelo, en donde era de suponer que las patas se mostrarían útiles. Ahora bien, y prescindiendo del hecho de que las puertas estaban cerradas con llave, ¿convenía realmente pedir ayuda? Pese a lo apurado de su situación, no pudo por menos de sonreír.

Había adelantado ya tanto, que un solo balanceo, algo más enérgico que los anteriores, bastaría para hacerle bascular sobre el borde de la cama. Además, pronto no le quedaría más remedio que decidirse, pues sólo faltaban cinco minutos para las siete y cuarto. En ese momento, llamaron a la puerta del piso.

«Debe de ser alguien del almacén», pensó Gregorio, mientras sus patas se agitaban cada vez más rápidamente. Por un momento permaneció todo en silencio. <No abren», pensó entonces, aferrándose a tan descabellada esperanza. Pero, como no podía por menos de suceder, oyó aproximarse a la puerta las fuertes pisadas de la criada. Y la puerta se abrió.

A Gregorio le bastó oír la primera palabra del visitante para percatarse de quién era. Era el gerente en persona.
¿Por qué estaría Gregorio condenado a trabajar en una empresa en la cual la más mínima ausencia despertaba inmediatamente las más terribles sospechas?
¿Es que los empleados eran todos unos sinvergüenzas? ¿ Es que no podía haber entre ellos algún hombre de bien que, después de perder un par de horas de la mañana, se volviese loco de remordimiento y no estuviera en condiciones de abandonar la cama?
¿Es que no bastaba con mandar a un chico a preguntar (suponiendo que tuviese fundamento esta manía de averiguar), sino que tenía que venir el mismísimo gerente a enterar a una inocente familia de que sólo él tenía autoridad para intervenir en la investigación de tan grave asunto?
Y Gregorio, excitado por estos pensamientos más que decidido a ello, se tiró violentamente de la cama. Se oyó un golpe sordo, pero no demasiado. La alfombra amortiguó la caída; la espalda tenía mayor elasticidad de lo que Gregorio había supuesto, y esto evitó que el ruido fuese tan estrepitoso como había temido.
Pero no tuvo cuidado de mantener la cabeza suficientemente erguida; se lastimó y el dolor le hizo frotarla furiosamente contra la alfombra.

-Algo ha ocurrido ahí dentro -dijo el gerente en la habitación de la izquierda. Gregorio intentó imaginar que al gerente pudiera sucederle algún día lo mismo que hoy a él, cosa ciertamente posible.
Pero el gerente, como replicando con energía a esta suposición, dio unos cuantos pasos por el cuarto vecino, haciendo crujir sus zapatos de charol. Desde la habitación contigua de la derecha, la hermana susurro:

-Gregorio, está aquí el gerente del almacén.

-Ya lo sé -contestó Gregorio débilmente, sin atreverse a levantar la voz hasta el punto de hacerse oír por su hermana.

-Gregorio -dijo por fin el padre desde la habitación contigua de la izquierda-, ha venido el señor gerente y pregunta por qué no tomaste el primer tren. No sabemos qué contestar. Además, desea hablar personalmente contigo. Conque haz el favor de abrir la puerta. El señor tendrá la bondad de disculpar el desorden del cuarto.

-¡Buenos días, señor Samsa! -terció entonces amablemente el gerente.

-No se encuentra bien -dijo la madre a este último mientras el padre continuaba hablando junto a la puerta-. Está enfermo, créame. ¿Cómo sino, iba a perder el tren? Gregorio no piensa más que en el almacén.
¡Si casi me molesta que no salga ninguna noche! Ahora, por ejemplo, ha estado aquí ocho días; pues bien, ¡ni una sola noche ha salido de casa! Se sienta con nosotros alrededor de la mesa, lee el periódico en silencio o estudia itinerarios.

Su única distracción es la carpintería. En dos o tres tardes ha tallado un marquito. Cuando lo vea, se va a asombrar; es precioso.
Está colgado en su cuarto; ahora lo verá, en cuanto abra Gregorio. Por otra parte, me alegro de que haya venido usted, pues nosotros no hubiéramos podido convencer a Gregorio de que abra la puerta.
¡ Es tan testarudo! Seguramente no se encuentra bien, aunque antes dijo lo contrario.

-Voy en seguida -dijo débilmente Gregorio, sin moverse para no perder palabra de la conversación.

-Seguro que es como usted dice, señora -repuso el jefe-. Espero que no sea nada serio. Aunque, por otra parte, he de decir que nosotros, los comerciantes, tenemos que saber afrontar a menudo ligeras indisposiciones, anteponiendo a todo los negocios.

-Bueno -preguntó el padre, impacientándose y volviendo a llamar a la puerta-; ¿puede entrar ya el señor?

-No -respondió Gregorio.

En la habitación de la izquierda se hizo un apenado silencio, y en la de la derecha comenzó a sollozar la hermana.

¿Por qué no iba ella a reunirse con los demás? Claro, acababa de levantarse y ni siquiera habría empezado a vestirse.
Pero ¿por qué lloraba? Acaso porque el hermano no se levantaba, porque no abría la puerta, porque corría el riesgo de perder su empleo, con lo cual el dueño volvería a atormentar a los padres con las viejas deudas.
Pero, por el momento, estas preocupaciones no venían a cuento. Gregorio estaba allí, y no pensaba ni remotamente en abandonar a los suyos. Yacía sobre la alfombra, y nadie que supiera en qué estado se encontraba hubiera pensado que podía hacer pasar a su jefe.

Pero esta leve descortesía, que más adelante explicaría satisfactoriamente, no era motivo suficiente para despedirle. Y Gregorio pensó que, de momento, en vez de molestarle con quejas y sermones era mejor dejarle en paz. Pero la incertidumbre en que se hallaban con respecto a él era precisamente lo que inquietaba a los otros, disculpando su actitud.

-Señor Samsa -dijo, por fin, el gerente con voz engolada-, ¿qué significa esto? Se ha atrincherado usted en su cuarto y no contesta más que con monosílabos. Inquieta usted inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta a su obligación con el almacén de una manera inconcebible. Le hablo en nombre de sus padres y de la empresa, y le ruego encarecidamente que se explique enseguida y con claridad.

Estoy asombrado; yo le tenía a usted por un hombre formal y juicioso, y no entiendo estas extravagancias. La verdad es que el señor director me insinuó esta mañana una posible explicación de su ausencia: el cobro que se le encomendó que hiciese efectivo anoche. Yo dije que respondía personalmente de que no había ni que pensar en tal posibilidad; pero ahora, ante esta incomprensible actitud, no siento ya deseos de seguir intercediendo por usted. Su posición no es, desde Juego, muy sólida.

Mi intención era decirle todo esto a solas; pero como a usted al parecer no le importa hacerme perder el tiempo, no veo por qué no habrían de oírlo sus señores padres. Últimamente su trabajo ha dejado bastante que desear. Es verdad que no es ésta la época más propicia para los negocios; nosotros mismos lo reconocemos. Pero, señor Samsa, no hay época, no debe haberla, en que los negocios se paralicen.

-Ya voy -gritó Gregorio fuera de sí, olvidándose en su excitación de todo lo demás-. Voy inmediatamente. Una ligera indisposición me retenía en la cama. Estoy todavía acostado. Pero ya me siento bien. Ahora mismo me levanto. ¡Un momento! Aún no me encuentro tan bien como creía.

Pero ya estoy mejor. ¡No entiendo cómo me ha podido ocurrir! Ayer me encontraba perfectamente. Sí, mis padres lo saben. Mejor dicho, ya ayer tarde percibí los primeros síntomas. ¿Cómo no me lo habrán notado? ¿Por qué no lo diría yo en el almacén? Pero siempre cree uno que se pondrá bien sin necesidad de quedarse en casa.

¡ Por favor, tenga consideración con mis padres! No hay motivo para los reproches que me acaba de hacer; nunca me han dicho nada parecido. Sin duda, no ha visto usted los últimos pedidos que he transmitido.
Además, saldré en el tren de las ocho. Con estas dos horas de descanso he recuperado las fuerzas. No se entretenga usted más. En seguida voy al almacén. Explique allí esto, se lo suplico, y presente mis respetos al director.

Mientras decía atropelladamente todo esto, Gregorio, gracias a la habilidad adquirida en la cama, se acercó sin dificultad al baúl e intentó enderezarse apoyándose en él.
Quería abrir la puerta, presentarse ante el gerente, hablar con él. Sentía curiosidad por saber lo que dirían cuando le viesen los que tan insistentemente le llamaban.

Si se asustaban, no era culpa de él y no tenía nada que temer. Si, por el contrario, se quedaban tan tranquilos, tampoco él tenía por qué excitarse, y podía, si se daba prisa, estar a las ocho en la estación.
Varias veces resbaló contra las lisas paredes del baúl; pero, al fin logró incorporarse. El dolor en el abdomen, aunque muy intenso, no le preocupaba. Se dejó caer contra el respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró fuertemente con sus patas. Logró tranquilizarse, y calló para escuchar lo que decía el gerente.

¿Han entendido ustedes una sola palabra? -preguntó éste a los padres-. ¿No será que se hace el loco?

Por el amor de Dios! - exclamó la madre llorando-. Tal vez se encuentre muy mal y nosotros le estamos mortificando. -Y seguidamente llamó-: ¡Grete! ¡Grete!

¿Qué quieres, madre? -contestó la hermana desde el otro lado de la habitación de Gregorio, a través de la cual hablaban.

-Tienes que ir en seguida a buscar al médico; Gregorio está enfermo. Ve corriendo. ¿Has oído cómo hablaba?

-Es una voz de animal -dijo el gerente, que hablaba en voz muy baja, en comparación con los gritos de la madre.

¡Ana! ¡Ana! -llamó el padre, volviéndose hacia la cocina a través del recibidor y dando palmadas-. Vaya inmediatamente a buscar a un cerrajero.

Se oyó por el recibidor el rumor de las faldas de las dos jóvenes que salían corriendo (¿cómo se habría vestido tan deprisa la hermana?), y el ruido brusco de la puerta del piso al abrirse. Pero no se escuchó ningún portazo. Debían de haber dejado la puerta abierta, como suele suceder en las casas en donde ha ocurrido una desgracia.

Gregorio, sin embargo, estaba mucho más tranquilo. Sus palabras resultaban ininteligibles, aunque a él le parecían muy claras, más claras que antes, sin duda porque ya se le iba acostumbrando el oído; pero lo importante era que ya se habían percatado los demás de que algo anormal le sucedía y se disponían a acudir en su ayuda. Se sintió aliviado por la prontitud y energía con que habían tomado las primeras medidas. Se sintió nuevamente incluido entre los seres humanos, y esperaba tanto del médico como del cerrajero acciones insólitas y maravillosas.

A fin de poder intervenir lo más claramente posible en las conversaciones decisivas que se avecinaban, carraspeó ligeramente; lo hizo muy levemente, por temor a que también este ruido sonase a algo que no fuese una tos humana, pues ya no tenía seguridad de poder apreciarlo. Mientras tanto, en la habitación contigua reinaba un profundo silencio. Tal vez los padres, sentados a la mesa con el gerente, estuvieran hablando en voz baja. Tal vez permanecieran pegados a la puerta, escuchando.

Gregorio se deslizó lentamente con la silla hacia la puerta; al llegar allí, soltó la silla, se dejó caer contra la puerta y se sostuvo en pie, pegado a ella por la viscosidad de sus patas. Descansó así un momento del esfuerzo realizado. Luego intentó hacer girar la llave con la boca. Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos. ¿ Con qué iba entonces a coger la llave? Pero, en cambio, sus mandíbulas eran muy fuertes y, gracias a ellas, pudo poner la llave en movimiento, sin reparar en el daño que seguramente se hacía, pues un líquido oscuro le salió de la boca, resbalando por la llave y goteando hasta el suelo.

-Escuchen -dijo el gerente-; está girando la llave.

Estas palabras alentaron mucho a Gregorio. Pero todos, el padre, la madre, deberían haberle gritado: «¡Adelante, Gregorio!» Sí, deberían haberle gritado: «¡Adelante! ¡Duro con la cerradura!» Imaginando la ansiedad con que todos seguirían sus esfuerzos, mordió con desesperación la llave, desfallecido. A medida que la llave giraba en la cerradura, Gregorio se bamboleaba en el aire, colgando por la boca, forcejeando, empujando la llave hacia abajo con todo el peso de su cuerpo. El sonido metálico de la cerradura al abrirse le volvió completamente en si.

«Bueno -se dijo con un suspiro de alivio-; no ha sido necesario que viniera el cerrajero», y dio con la cabeza en el pestillo para acabar de abrir.

Este modo de abrir la puerta fue la causa de que no le viesen inmediatamente. Gregorio tuvo que girar lentamente contra una de las hojas de la puerta, con gran cuidado para no caer de espaldas. Y aún estaba ocupado en llevar a cabo tan difícil operación, sin tiempo para pensar en otra cosa, cuando oyó una exclamación del gerente que sonó como el aullido del viento, y le vio, junto a la puerta, taparse la boca con la mano y retroceder lentamente, como empujado por una fuerza invisible.

La madre -que, a pesar de la presencia del gerente, estaba allí sin arreglar, con el pelo revuelto- miró a Gregorio, juntando las manos, avanzó luego dos pasos hacia él, y se desplomó por fin, en medio de sus faldas desplegadas a su alrededor, con la cabeza caída sobre el pecho.
El padre amenazó con el puño, con expresión hostil, como si quisiera empujar a Gregorio hacia el interior de la habitación; se volvió luego, saliendo con paso inseguro al recibidor y, cubriéndose los ojos con las manos, rompió a llorar de tal modo, que el llanto sacudía su robusto pecho.

Gregorio no llegó, pues, a salir de su habitación; permaneció apoyado en la hoja de la puerta, mostrando sólo la mitad superior del cuerpo, con la cabeza ladeada, contemplando a los presentes.
La lluvia había amainado, y al otro lado de la calle se recortaba nítido un trozo del edificio negruzco de enfrente. Era un hospital, cuya monótona fachada jalonaban numerosas ventanas idénticas. La lluvia caía ahora en goterones aislados, que se veían llegar claramente al suelo.

Sobre la mesa estaban los utensilios del desayuno; para el padre, era la comida principal del día, que prolongaba con la lectura de varios periódicos. En la pared que Gregorio tenía enfrente, colgaba un retrato de éste durante su servicio militar, con uniforme de teniente, la mano en el puño de la espada, sonriendo despreocupadamente, con un aire que parecía exigir respeto para su uniforme y su actitud.
Esa habitación daba al recibidor; por la puerta abierta se veía la del piso, también abierta, el rellano de la escalera y el primer tramo de ésta que conducía a los pisos inferiores.

-Bueno -dijo Gregorio, convencido de ser el único que había conservado la calma-. Enseguida me visto, recojo el muestrario y me voy. Me dejaréis que salga de viaje, ¿verdad? Ya ve usted, señor gerente, que no soy testarudo y que trabajo con gusto.

Viajar es cansado; pero yo no sabría vivir sin viajar. ¿Adónde va usted? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Lo contará todo tal como ha sucedido? Uno puede tener un bajón momentáneo; pero es precisamente entonces cuando deben acordarse los jefes de lo útil que uno ha sido y pensar que, una vez superado el contratiempo, trabajará con redobladas energías.

Yo, como usted bien sabe, le estoy muy agradecido al señor director. Por otra parte, tengo que atender a mis padres y a mí hermana. Es verdad que hoy me encuentro en un apuro. Pero trabajando sabré salir de él. No me ponga las cosas más difíciles de lo que están. Póngase de mí parte. Ya sé que al viajante no se le quiere. Todos creen que gana el dinero a espuertas, sin trabajar apenas.

No hay ninguna razón para que este prejuicio desaparezca; pero usted está más enterado de lo que son las cosas que el resto del personal, incluso que el propio director, que, en su calidad de propietario, se equívoca con frecuencia respecto a un empleado.

Usted sabe muy bien que el viajante, como está fuera del almacén la mayor parte del año, es fácil blanco de habladurías, equívocos y quejas infundadas, contra las cuales no le es fácil defenderse, ya que la mayoría de las veces no llegan a sus oídos, y sólo al regresar reventado de un viaje empieza a notar directamente las consecuencias negativas de una acusación desconocida.
No se vaya sin decirme algo que me pruebe que me da usted la razón, por lo menos en parte.

Pero, desde las primeras palabras de Gregorio, el gerente había dado media vuelta y le contemplaba por encima del hombro, con una mueca de repugnancia en el rostro. Mientras Gregorio hablaba, no permaneció un momento quieto. Se retiró hacia la puerta sin quitarle la vista de encima, muy lentamente, como si una fuerza misteriosa le retuviese allí. Llegó, por fin, al recibidor y dio los últimos pasos con tal rapidez que parecía que estuviera pisando brasas ardientes. Alargó el brazo derecho en dirección a la escalera, como si esperase encontrar allí milagrosamente la libertad.

Gregorio comprendió que no debía permitir que el gerente se marchara de aquel modo, pues si no su puesto en el almacén estaba seriamente amenazado. No lo veían los padres tan claro como él, porque, con el transcurso de los años, habían llegado a pensar que la posición de Gregorio en aquella empresa era inamovible; además, con la inquietud del momento se habían olvidado de toda prudencia.
Pero no así Gregorio, que se daba cuenta de que era indispensable retener al gerente y tranquilizarle. De ello dependía el porvenir de Gregorio y de los suyos. ¡Si al menos estuviera allí su hermana! Era muy lista; había llorado cuando Gregorio yacía aún tranquilamente sobre su espalda. Seguro que el gerente, hombre galante, se hubiera dejado convencer por la joven.

Ella habría cerrado la puerta del piso y le habría tranquilizado en el recibidor. Pero no estaba su hermana, y Gregorio tenía que arreglárselas solo.
Sin reparar en que todavía no conocía sus nuevas facultades de movimiento, y que lo más probable era que no lograse hacerse entender, abandonó la hoja de la puerta en que se apoyaba y se deslizó por el hueco formado al abrirse la otra con intención de avanzar hacia el gerente, que seguía cómicamente agarrado a la barandilla del rellano.

Pero inmediatamente cayó al suelo, intentando, con grandes esfuerzos, sostenerse sobre sus innumerables y diminutas patas, profiriendo un leve quejido. Entonces se sintió, por primera vez en el día, invadido por un verdadero bienestar: las patitas, apoyadas en el suelo, le obedecían perfectamente.
Con alegría, vio que empezaban a llevarle donde deseaba ir, dándole la sensación de que sus sufrimientos habían concluido. Pero en el momento en que Gregorio empezaba a avanzar lentamente, balanceándose a ras de tierra, no lejos y enfrente de su madre, ésta, pese a su desvanecimiento previo, dio de pronto un brinco y se puso a gritar, extendiendo los brazos con las manos abiertas:
«¡Socorro! ¡Por el amor de Dios! ¡Socorro!» Inclinaba la cabeza como para ver mejor a Gregorio; pero de pronto, como para desmentir esta impresión, se desplomó hacia atrás, cayendo sobre la mesa, y, ajena al hecho de que estaba aún puesta, quedó sentada en ella, sin darse cuenta de que a su lado el café salía de la cafetera volcada, derramándose sobre la alfombra.

-¡Madre! ¡Madre! -gimió Gregorio, mirándola desde abajo.
Por un momento se olvidó del gerente; y no pudo evitar, ante el café vertido, abrir y cerrar repetidas veces las mandíbulas en el vacío.

Su madre, gritando de nuevo y huyendo de la mesa, se lanzó en brazos del padre, que corrió a su encuentro. Pero Gregorio ya no podía dedicar su atención a sus padres; el gerente estaba en la escalera y, con la barbilla apoyada sobre la baranda, dirigía una última mirada a aquella escena. Gregorio tomó impulso para darle alcance, pero él debió de comprender su intención, pues, de un salto, bajó varios escalones y desapareció, profiriendo unos alaridos que resonaron por toda la escalera.

Para colmo de males, la huida del jefe pareció trastornar por completo al padre, que hasta entonces se había mantenido relativamente sereno; pues, en lugar de correr tras el fugitivo, o por lo menos permitir que así lo hiciese Gregorio, empuñó con la diestra el bastón del gerente -que éste no había recogido, como tampoco su sombrero y su gabán, olvidados en una silla- y, armándose con la otra mano de un gran periódico que había sobre la mesa, se dispuso, dando fuertes patadas en el suelo, esgrimiendo papel y bastón, a hacer retroceder a Gregorio hasta el interior de su cuarto. De nada le sirvieron a éste sus súplicas, que no fueron entendidas; y aunque inclinó sumiso la cabeza, sólo consiguió excitar aún más a su padre.

La madre, a pesar del mal tiempo, había abierto una ventana y, violentamente inclinada hacia afuera, se cubría el rostro con las manos. Entre el aire de la calle y el de la escalera se estableció una fuerte corriente; las cortinas de la ventana se ahuecaron; sobre la mesa se agitaron los periódicos, y algunas hojas sueltas volaron por el suelo.

El padre, inflexible, resoplaba violentamente, intentando hacer retroceder a Gregorio. Pero éste carecía aún de práctica en la marcha hacia atrás, y la cosa iba muy despacio. ¡Si al menos hubiera podido volverse! En un santiamén se hubiese encontrado en su cuarto. Pero temía, con su lentitud en girar, impacientar a su padre, cuyo bastón podría deslomarle o abrirle la cabeza.

Finalmente, sin embargo, no tuvo más remedio que volverse, pues advirtió contrariado que, caminando hacia atrás, no podía controlar la dirección. Así que, sin dejar de mirar angustiosamente hacia su padre, empezó a girar lo más rápidamente que pudo, es decir, con extraordinaria lentitud.

El padre debió de percatarse de su buena voluntad, pues dejó de hostigarle, dirigiendo incluso de lejos, con la punta del bastón, el movimiento giratorio. ¡Si al menos hubiese dejado de resoplar! Esto era lo que más alteraba a Gregorio. Cuando ya iba a terminar el giro, aquel resoplido le hizo equivocarse, obligándole a retroceder otro poco.

Por fin logró quedar frente a la puerta. Pero entonces comprendió que su cuerpo era demasiado ancho para poder pasar sin más. Al padre, en medio de su excitación, no se le ocurrió abrir la otra hoja para dejar espacio suficiente. Estaba obsesionado con la idea de que Gregorio había de meterse cuanto antes en su habitación. Tampoco hubiera permitido los lentos preparativos que Gregorio necesitaba para incorporarse y, de este modo, pasar por la puerta.
Como si no hubiese problema alguno azuzaba a Gregorio con furia creciente. Gregorio oía tras de sí una voz que parecía imposible fuese la de un padre. Se incrustó en el marco de la puerta. Se irguió de medio lado y quedó atravesado en el umbral, lacerándose el costado. En la puerta aparecieron unas manchas repulsivas. Gregorio quedó allí atascado, sin posibilidad de hacer el menor movimiento.

Las patitas de uno de los lados colgaban en el aire, mientras que las del otro quedaban dolorosamente oprimidas contra el suelo... En esto, el padre le dio por detrás un empujón enérgico y salvador, que lo lanzó dentro del cuarto, sangrando copiosamente. Luego, cerró la puerta con el bastón, y por fin volvió la calma.

Hasta la noche no despertó Gregorio de un pesado sueño, semejante a un desmayo. No habría tardado mucho en espabilarse por sí solo, pues ya había descansado bastante, pero le pareció que le despertaban unos pasos furtivos y el ruido de la puerta del recibidor, que alguien cerraba suavemente.

El reflejo del tranvía proyectaba franjas de luz en el techo de la habitación y la parte superior de los muebles; pero abajo, donde estaba Gregorio, reinaba la oscuridad. Lenta y todavía torpemente, tanteando con sus antenas, que en ese momento le mostraron su utilidad, se deslizó hasta la puerta para ver lo que había ocurrido. En su costado izquierdo había una larga y repugnante llaga. Renqueaba alternativamente sobre cada una de sus dos hileras de patas, una de las cuales herida en el accidente de la mañana -sorprendentemente, las demás habían quedado ilesas-, se arrastraba sin vida.

Al llegar a la puerta, comprendió que lo que le había atraído era el olor de algo comestible. Encontró una cazoleta llena de leche con azúcar, en la que flotaban trocitos de pan. Estuvo a punto de reír de gozo, pues tenía aún más hambre que por la mañana. Hundió la cabeza en la leche casi hasta los ojos; pero enseguida la retiró contrariado, pues no sólo la herida de su costado izquierdo le hacía dificultosa la operación (para comer tenía que mover todo el cuerpo), sino que, además, la leche, que hasta entonces había sido su bebida predilecta -por eso, sin duda, la había puesto allí su hermana-, no le gustó nada. Se apartó casi con repugnancia de la cazoleta y se arrastró de nuevo hacia el centro de la habitación.

América

Cuando Karl Rossman, un joven de dieciséis años a quien sus pobres padres habían mandado a América debido a que había sido seducido por una sirvienta que más tarde tuvo de él un hijo, arribaba al puerto de Nueva York a bordo de un vapor que había aminorado su marcha, vio de repente la Estatua de la Libertad que desde hacía rato observaba pero que ahora le parecía que se encontraba iluminada por un rayo de sol muy intenso. El brazo con su espada surgió como un movimiento renovado y en torno a su figura soplaron los aires libremente.

-¡Qué alta! -dijo con admiración, y como no hacía intención de retirarse, la multitud creciente de los mozos de cuerda que pasaba junto a él fue desplazándolo poco a poco hasta la borda.

Un muchacho con quien había entablado una breve relación a lo largo de la travesía le comentó al pasar:

-Pero, ¿no tienes usted ganas de bajar?

-Por supuesto que sí, ya estoy preparado -dijo Karl riéndose y mirándole- y pleno de alegría alzó su baúl cargándolo sobre un hombro, pues era un joven bastante fuerte. Al mismo tiempo que seguía con la vista a su conocido, que moviendo ligeramente su bastón se iba alejando con los demás se dio cuenta con tristeza que había olvidado su paraguas abajo, dentro del barco. Sin perder un instante, rogó a su compañero -quien no pareció alegrarse mucho- que aguardase un momento junto al baúl. Recorrió con una mirada el lugar para poder hallarlo fácilmente a su regreso y se alejó rápidamente...

 

La condena

Era una espléndida mañana primaveral de un domingo, George Bendenmann, joven comerciante, estaba sentado en su habitación sita en el primer piso de una de esas casas bajas y mal construidas que se levantaban a lo largo de la rivera, muy poco diferentes unas de otra en altura y color. Acababa de escribir una carta a un amigo de la infancia, que se encontraba en el extranjero.

Mientras cerraba el sobre sin atención y apoyando los codos sobre el escritorio, su mirada se perdió en el río a través de la ventana contemplando el puente y la pálida vegetación de las colinas de la otra orilla.

Pensaba en su amigo, que había años se había ido a Rusia disconforme con el futuro que su propio país le ofrecía. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo que al principio había progresado bastante, pero que desde hacía tiempo parecía decaer según se deducía de las lamentos que su amigo, en sus visitas cada vez menos frecuentes, expresaba con insistencia. Por tanto, sus esfuerzos en el extranjero eran inútiles, la barba larga y extravagante no había logrado cambiar completamente su cara tan familiar desde la niñez, cuya coloración amarillenta parecía revelar alguna enfermedad latente....

 

 

El maestro del pueblo

Las gentes a las que yo pertenezco, las que incluso encuentran repulsivo un topo corriente, hubieran muerto con seguridad de repugnancia si hubieran visto el gigantesco topo que hace algunos años fue visto en las cercanías de un pequeño pueblo, que adquirió pronto efímera fama.

Pero ciertamente hace ya tiempo que ha vuelto a caer en el olvido y con ello se ve la falla de todo el suceso, que quedó completamente inexplicado, ya que no se hizo ningún esfuerzo serio para aclararlo; y que a consecuencia de un incomprensible descuido de aquellos círculos que se tenían que haber ocupado y que efectivamente se preocupan de cosas de menor importancia, quedó olvidada, sin un examen más minucioso. El hecho de que el pueblo se encuentre lejos del tren no puede servir en ningún caso como disculpa. Muchas personas venían de lejos por curiosidad, incluso del extranjero.

Sólo no vinieron aquellos que debían mostrar algo más de curiosidad. En efecto, si las personas sencillas no se hubieran ocupado desinteresadamente de este asunto, peronas a las que su trabajo diario apenas les concedía un minuto de respiro, el rumor de la aparición apenas si hubiera traspasado la región. Hay que admitir que incluso el rumor, que apenas si se puede mantener, era demasiado insistente, si no se le hubiera empujado formalmente, no se hubiera extendido. Pero esto tampoco era motivo para no ocuparse del asunto, por el contrario, también la aparición tenía que haber sido investigada.

En su lugar se dejó el único estudio escrito del caso al viejo maestro de pueblo que, si bien era un extraordinario hombre en su profesión, ni sus aptitudes ni su instrucción le permitían entregarse a una profunda y valorable descripción, ni mucho menos a una explicación.....

 

Blumfeld, un solterón

Blumfeld, un solterón, subía una noche a su morada, lo cual era una tarea fatigosa, pues vivía en el sexto piso. Mientras subía pensaba, como con frecuencia lo había hecho en los últimos días, que aquella vida absurdamente solitaria resultaba muy molesta, que tenía que subir aquellos seis pisos con íntimo convencimiento para llegar hasta arriba, a su cuarto vacío; allí otra vez con íntimo convencimiento, ponerse la bata, encender la pipa, leer alguna cosa en la revista francesa a la que estaba suscrito desde hacia años, al mismo tiempo que saboreaba un licor de cerezas preparado por él mismo, para finalmente, al cabo de una media hora, irse a la cama, no sin antes haber tenido que rehacer íntegramente el lecho, que la criada, rebelde a todo consejo, disponía siempre de acuerdo con su humor.

Cualquier acompañante, cualquier asistente para aquellos menesteres hubiese sido bienvenido a los ojos de Blumfeld. Había reflexionado ya sobre la utilidad de comprar un perrito, ese animal es alegre y, ante todo, agradecido y fiel. Un colega de Blumfeld tiene uno así, que no se apega a nadie, excepción hecha de su amo, y cuando no le ha visto durante algún tiempo, lo recibe con sonoros ladridos, con lo que evidentemente quiere expresar su alegría por haber encontrado nuevamente al extraordinario protector que es su señor.....

Un médico rural (1919)



Estaba en un serio dilema: debía emprender un viaje inaplazable, un enfermo de gravedad me esperaba en un pueblo a diez millas de distancia, un fuerte temporal de nieve barría el largo camino que nos separaba. Yo tenía un coche, pequeño, liviano, de grandes ruedas, exactamente apropiado para nuestras vías de campo. Envuelto en el abrigo de pieles, con mi valija de instrumental en la mano, esperaba en el patio, listo para partir; pero faltaba el caballo.

El mío se había muerto en la noche anterior, agotado por las fatigas de este invierno helado, mi criada corría por el pueblo intentando conseguir uno prestado, pero no había esperanzas, yo lo sabía, y cada vez más cubierto de nieve, cada vez más entumecido permanecía allí, sin saber qué hacer.

En la puerta apareció la muchacha sola, y agitó la lámpara, naturalmente ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje, a semejante hora?. Una vez más atravesé el patio; no descubría ninguna solución, desesperado, enloquecido, golpeé con el pie la ruinosa puerta del cobertizo deshabitada desde hacía años.

La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. Un vaho y un olor como de caballos salió de dentro. Una débil linterna colgaba de una cuerda. Un individuo, agazapado junto al tabique bajo, mostró su rostro pálido, de ojos azules...


Un artista del hambre

En las últimas décadas, el interés por los ayunadores ha decrecido muchísimo. Antes era un buen negocio organizar grandes exhibiciones de este género como espectáculo independiente, cosa que hoy en cambio, resultaría imposible. Eran otros tiempos. Entonces, toda la ciudad estaba pendiente del ayunador, crecía su interés a cada día de ayuno, todos querían verlo siquiera una vez al día.

En los últimos días del ayuno no faltaba quien estuviera días enteros sentado ante la pequeña jaula del ayunador, había, además, exhibiciones nocturnas, cuyo efecto era elevado por medio de antorchas. En los días buenos se sacaba la jaula al aire libre y era entonces cuando se les mostraba al ayunador a los niños.

Para los adultos aquello solía no ser más que una broma de la que tomaban parte casi por moda, pero los niños, prudentemente asidos de las manos, miraban asombrados y boquiabiertos a aquel hombre pálido con camiseta oscura, de costillas salientes, que, desdeñando un asiento, permanecía tendido en la paja esparcida por el suelo y saludaba a veces cortésmente o respondía con sonrisa inmutable a las preguntas que se le dirigían, o sacaba un brazo por entre los hierros para hacer notar su delgadez, volviendo después a sumirse en su propio interior, sin preocuparse de nada ni de nadie, ni siquiera de la marcha del reloj, tan decisiva para él, única pieza de mobiliario que existía en su

La muralla china

 

El extremo norte de la Muralla China ya está concluido. Dos secciones convergieron allí, del sureste y del suroeste. Ese sistema de construcción parcial fue aplicado también en menor escala por los dos grandes ejércitos de trabajadores, el oriental y el occidental. Este era el procedimiento: se formaban grupos de unos veinte trabajadores que tenían a su cargo una extensión cercana a los quinientos metros, mientras otros grupos edificaban un trozo de muralla de longitud igual que se encontraba con el primero. Una vez se producía la unión, no se seguía la construcción a partir de los mil metros edificados sino que los dos grupos de obreros eran destinados a otras regiones donde se repetía la operación.

Naturalmente que con ese procedimiento quedaron grandes espacios abiertos que tardaron muchísimo en cerrarse, algunos lo fueron años después de proclamarse oficialmente que la muralla estaba terminada. Se afirma que hay espacios vacíos que nunca se edificaron, afirmación, sin embargo, que es tal vez una de las tantas leyendas que dio origen a la Muralla y que ningún hombre puede verificar con sus ojos, dada la magnitud de la obra.......

 

 

Biografía

Franz Kafka (1883-1924) (Su nombre, en checo, significa “Cuervo”), Nacido en Praga el 3 de julio, fue "un niño frágil pero sano" dijo una vez su madre. Nació en la casa (U veze) de la Torre número 27, en la propia línea que separaba el barrio judío y el alemán, mezcla de culturas que marcaran su vida y su obra.

Hijo de Hermann Kafka, y de Julie Lowy, Franz fue el único varón del matrimonio debido a que dos de sus hermanos murieron a los pocos meses de haber nacido, las hermanas Elli, Valli y Ottla, su preferida, fueron asesinadas por soldados nazis en un campo de concentración, durante la segunda guerra mundial.

De una relativamente acomodada familia de comerciantes, pertenecientes la minoría judía de lengua alemana. Es uno de los novelistas más importantes y leídos de la literatura europea contempóranea. Perteneciente a una familia judía, el autoritarismo de su padre va a condicional su vida y va a incidir claramente ensu obra literaria, según él mismo, agobió su existencia. (En Carta al padre, escrita en 1919).

Se doctora a los 23 años obtiene el título de Doctor en Derecho, pero a pesar de ello, trabaja como empleado en varias compañías de seguros. Kafka expresa sus sentimientos de inferioridad y de rechazo paterno. A pesar de ello, algunos argumentan que la sombría imagen de un ser permanentemente angustiado y triste es legendaria y totalmente incierta.

Kafka vivió con su familia la mayor parte de su existencia y no llegó a casarse, aunque estuvo prometido en dos ocasiones. Su difícil relación con Felice Bauer, una joven alemana a la que pretendió entre 1912 y 1917, puede ser analizada en Cartas a Felice (1967).

A lo largo de su vida Franz Kafka -con excepción de los últimos años afectado por la enfermedad- apenas se alejó del radio de la Ciudad Vieja de Praga.
Cuentan que una vez que miraba desde una ventana hacia la Plaza dijo: "allí estaba mi liceo, en aquel edificio que mira hacia nosotros esta la Universidad y más allá hacia la izquierda mi oficina -dibujó un círculo con el dedo y agregó- ahí se encierra toda mi vida".

La obra de Franz Kafka es una de las más importantes, significativas e influyentes de la literatura moderna, asimismo es una de las más controvertidas y difíciles de interpretar, ya que está sujeta a múltiples disquisiciones dependiendo de la posición e ideas del que la intenta desentrañar, ya porque parte de los pensamientos de un hombre extraño, descontento con su alrededor y muy marcado por el complejo de inferioridad que le suponía la presencia de su dictatorial padre cuya máxima ambición con la escritura era la erradicación y superación de todos esos traumas que tanto le martirizaban.

Sin duda sus trabajos están empapados de una atmósfera opresiva, oscura, angustiosa, muchas veces irreal que termina atrapando a sus personajes en un mundo autócrata e injusto, alienador del individuo, un sujeto desplazado de una sociedad que no ofrece comprensión sino manejo y laceramiento desde una perspectiva irracional que termina por incrementar así su propia frustración vital.
de hecho, el término 'kafkiano' se aplica a situaciones sociales angustiosas o grotescas, o a su tratamiento en la literatura.

La soledad, el sentido del existencia, la inhumanidad, el desamparo, la moral, el aislamiento, la ansiedad, lo absurdo o el sufrimiento interno y externo son algunos de los asuntos temáticos que confluyen en la obra del escritor checo traspasados al papel con un estilo desnudo, fluido y sencillo.

Kafka era un ser alegre, bromista, cordial y profundamente comunicativo, dueño de una vigorosa alegría de vivir y, por ello, enfrentó con poderosa fuerza interior las angustias de su difícil vida familiar.

Muchos de los lectores de Kafka suponen que el individuo encarnaba el abatimiento y la paranoia que pueblan la mayor parte de sus escritos. Pero Brod, que lo conoció tanto como el que más, nos afirma lo contrario.
“Uno se sentía muy bien estando con él,” dice Brod. “La riqueza de sus pensamientos, que generalmente enunciaba con tono alegre, hacían de él, para expresarlo al nivel más bajo, uno de los hombres más divertidos que yo haya conocido, a pesar de ser tímido, a pesar de ser sosegado......Le gustaba reírse a carcajadas, y también sabía cómo hacer reír a sus amigos”.

No son justos aquellos que le niegan momentos de alegría, diversión, risas, deseos y placer. Dentro de su particular estilo de vida las mujeres desempeñaron un papel muy importante, aunque complicadísimo, como claramente se desprende de su obra, donde llegamos a encontrar muchos perfiles eróticos.

Sus amores fueron trágicos, con compromisos matrimoniales que se cancelaron a última hora. Sus amores fueron concretos, las mujeres que dejaron huella en su vida tuvieron nombre: Felice Bauer, Grete Bloch, Julie Wohryzek, y las más conocidas Milena Jesenská y Dora Dyamant

Una revelde tuberculosis, que trató de superar primero junto al lago de Garda y después en Merano, hasta que en 1920 tuvo que internarse en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, donde murió finalmente el 3 de junio de 1924.

En el momento de su muerte, Kafka estaba preparando "A Hunger Artist" (1924), cuatro historias centradas en la inhabilidad del artista tanto para negar como para aceptar los términos de vida en la comunidad humana.

Franz Kafka nunca prestó mayor atención a la publicación de sus obras, porque para él lo importante era escribir, ya que así se autorrealizaba plenamente. Algunos especialistas han llegado a decir que ello representaba para él una especie de autoalumbramiento y purificación total de su ser.

Su obra, que nos ha llegado en contra de su voluntad expresa, pues ordenó a su íntimo amigo y consejero literario Max Brod que, a su muerte, quemara todos sus manuscritos, constituye una de las cumbres de la literatura alemana y se cuenta entre las más influyentes e innovadoras del siglo XX.

La obra de Kafka peligró en dos oportunidades más. Primero bajo la bota de los soldados nazis que tenían la orden de destruir todo lo que fuese judío y después "la dictadura del proletariado" que apegada al materialismo dialéctico calificó a Kafka de autor metafísico sin mensaje alguno para el pueblo trabajador por lo que fue inscrito en la lista negra de los autores peligrosos para el régimen comunista.

Un tanto irónico, o quizás curioso ha sido el hecho de que la obra de Franz Kafka fuera publicada primero en francés y no en alemán el idioma original. Intelectuales franceses como por ejemplo Albert Camus, Jean Paul Sartre, André Breton y otros, descubrieron la genialidad de Kafka y de su obra, por lo que buscaron la difusión de la misma.

Algunos han llegado a sugerir que se trató de un visionario, porque en la actualidad nadie narra mejor la sensación que las personas experimentan ante el mundo de nuestros días.

Explicar el por qué la obra de Kafka resulta tan fuera de lo común es una tarea suamente comleja que requirirá todavía muchos estudios a cargo de varias generaciones de especialistas.

Pero de seguro podemos decir sin temor a equivocarnos que la personalidad de Franz Kafka, descubierta a través de sus obras, es la de un escritor de características psicológicas excepcionales, que se movían entre la genialidad y la mayor inseguridad y temores infundidos imaginables. La realidad interna de Kafka supera toda fantasía.

Simpática serpiente, por qué te quedas tan lejos, acércate, más cerca, ya basta, no sigas, quédate ahí. Oh, para ti no existen los límites. Cómo voy a mandar en ti si no sabes de límites. Será un trabajo duro. Empiezo pidiéndote que te enrosques y formes anillos. He dicho que te enrosques y tú te estiras toda. ¿Es que no me entiendes? No me entiendes. Y sin embargo hablo clarísimamente: ¡Que te enrosques! Nada, no lo comprendes. Bueno, te lo enseño con esta vara. Primero tienes que describir un gran círculo, luego en su interior y pegado a él, otro, y así sucesivamente. Si al final todavía tienes la cabecita levantada, la vas dejando caer poco a poco al compás de la melodía que tocaré después con la flauta, y cuando yo acabe la música, tú también has de estar inmóvil, con la cabeza metida en el último círculo.