Adolfo M. Vaccaro

 

LIBERTAD DEL 39

 

 

Tiempo de muerte,

 

fluctuación y certeza,

 

Espada que asesta

 

A muñón su ceguera.

 

No existe ambición

 

que el final sostenga,

 

solamente concurrencia

 

develando anticipo

 

de plan sin remedio.

 

Incomprendida elección

 

despojando lógica, ideal,

 

razón o inocencia.

 

Inconcluso desespero.

 

Exactitud que liberta

 

con su vigilia

 

el destierro,

 

legando sombras al polvo,

 

de adiós presente

 

Que sujeto en llanto

 

 A otro ser remite

 

igual destino.

 

Sucederá en huesa

 

y epitafio

 

su trascender de valles

 

caídos,

 

y por tramos

 

se hastiará el olvido

 

dónde todo sucumbe

 

en voz de osario.

 

 

 

(Sobre un poema de Raúl González Muñón: De pronto entró la libertad – de La muerte en Madrid)

 

 

LA PLAYA

En el prado superior,
húmeda boca,
vuélvese ávida su nostalgia de besos,
sucumbiendo airosa la fuente del recuerdo,
vislumbre y oquedal de antiguas voces.

Vívido pedestal
de suave mano,
acariciando acuosa su adiós surgente,
anticipado ocaso en ruta del naciente
dónde estrangula el paso tu regazo.

En un violín
perplejo de silencio
se ahueca la razón de está vigencia
trasponiendo ausencias sin relieve,
palpitando su muerte de esperanza.

Sobre un monte de alpaca,
tu saliva,
cerca de fin, remanso y entereza,
es Poseidón que envuelve de agonía
a los sedientos poros de la arena.

Regurgitando
ondinas y nereidas
al compás misterioso de un deseo,
encuentran en la cresta más lejana
unos ojos observando mi desvelo.

Y el frío viento,
suspiro avasallante,
sumerge en bruma el labio vítreo,
marea que anticipa su destierro
cuando la playa de espaldas me devuelva.

Adolfo M. Vaccaro
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