Alonso Véner

 

 

PESARES COTIDIANOS. Alonso Véner
www.alonsovener.com


I.
Amaneció con rostro invisible.
La luz se desliza como hojas de légamo.
Cada vez es más fácil no hacer nada
o hacerlo con otras manos
que son como cruces de águila.
¿A qué juegan las nubes hoy?
Vagan transformadas en ancianos,
llueven historias algodonadas.
La madera casi no se nota,
inundada por temblores herbales
y refugios volátiles.


II.
Los astros se han callado,
he caminado con pasos
húmedos de oruga,
con filamentos invisibles
que desafían al viento.
Un ruido me adormece, me refugia
y se consumen mis manos
con un esfuerzo de luna.
Sobre caminos enredados
que me abrazan
se apresa mi risa
como hojarasca florecida,
se disfraza de mano
que recolecta figuras en violeta.



III.
No quiero caer preso
como juramentos de tinta.
En soledad se escriben los deseos
como juegos de regazo en madera.
Me parece difícil enfrentarme al camino
sobre un suelo aferrado al ayer,
paisaje de humo sobre piedra y piedra,
que espera retoñado
de sombras muertas
con cara dispersa de cielo vacío.



IV.
Una hoja roja pintada sin una rama:
no quiero desearte lejos,
hecha de palmas vacías,
no quiero que resuenes
en los callejones
húmedos y poblados,
no quiero ver tu imagen fundida
entre barrotes de oscura forma.
Eres un retoño, casi un amigo candil,
con los brazos extendidos
como un puntal;
te he robado pasos viejos y muro,
un portal construido con tu nombre.



V.
Por ti madrugo como ojos de tigre,
resuelto a alojar en sus fauces
tu voz de alondra.
Por ti despierto con un grito
la quietud de tu pelo de almendra
y la dibujo en tus manos
como un refugio en abril.
Por ti se refleja en tus ojos
mi imagen de hombre,
de aire naciente,
de niño con manos de arena.
Por ti cambio mi rostro
en cada esquina,
por ti olvido mi mañana de vidrio
y te abrazo por la noche
cuando me dices adiós.



VI.
Calles agrietadas,
empolvadas de hambre,
verdes que se incrustan,
pasos recorridos, pasos de esfera,
cuando se nace entre las voces,
resbalando por el nombre del aire
convertido en mujer,
en las historias de un adiós,
que juegan en los parques
cuando me acuerdo de ti
y la luz se confunde
con apariencias de vino.



VII.
Te quiero porque sí
y te quiero porque no,
porque no se gesta la tierra
de señales enmudecidas;
en tus manos se refugia el frío
y el trino de la mañana,
te atavías con cruces
de albatros y verde,
y con idioma de fruto
distancias las piedras
de mi oscuridad.



VIII.
De los carboneros aprendí la palabra,
entendí la llave,
se entregó mi nombre
en fanega ambulante.
De los carboneros fui pica,
agalla, esfuerzo;
en las tardes plenitud y negro
aferrados a los rostros
reflejados en el poniente,
con silencios de esposo,
con esfuerzos de padre,
con linaje cansado y perdido.



IX.
Un no, y aún me pareció
un rostro de mujer,
que me vuelve a enredar
y a diluirme en fragancias
como dedos dibujados.
Por las paredes veo escritas
señales de humo,
racimos de nada,
esquinas sin miedo,
alguna brisa en las raíces,
mesas dolidas,
pasos de tardanza,
grises y cabello,
pero me acuerdo del pan,
del muerto con mi nombre,
de la imagen mortuoria del no.



X.
Me quiero dentro de mí.
Me quiero como se quieren
las piedras del río,
como se despierta la mañana y el adiós,
como se hunden las huellas en la arena:
en la sombra, calladamente,
con racimos habitados de muérdago.
Me quiero como calla
la noche su soledad,
como pueblan las plazas los labriegos,
como niños sin prisa, sin cama, sin pan.
Nadie me quiere como yo,
como estoy, como soy:
a veces nudo de sangre y fuego,
de memorias caladas en las rocas,
tan envejecidas y maltratadas
como manos, yugo, tierra y pesar.



XI.
Se quiebra la noche en mil pedazos,
no recuerda el pagano
de dónde surgió,
las verdades dejan huella
en las aceras,
del canto del pasado
no se puede volver.
Las esquinas están afiladas de ancianos,
de rostros prohibidos,
de alcázares de vino,
con músicas entretejidas de negro
y rebaños de perfiles en flor.



XII.
Me gusta caminar
por entre sombras cavernosas,
ataviadas de distintas tonalidades
de verde seco y acabado,
sepultadas entre colinas
de tonos azules,
adornadas con orillas
hechas a mano.
Me gusta vengarme de las sonrisas,
vagar dormido por las calles sin rostro,
engañar a algún caminante
con cantos de piedra,
o fundirme en la niebla
con agravios de piel y lodo.




XIII.
Entre las risas hay ramas enredadas,
escondidas en manos o abrazos en rojo,
que por las calles de invierno
dejan caer una a una
las hojas de la tarde:
testigos de sangre, de barro,
como hojarasca sobre los caminantes.

 
RESURRECCIONES. Alonso Véner
www.alonsovener.com


I.
Los caminos se deshojan.
Sobre las orillas se esconde la noche,
el silencio, el brillo metálico
de la luciérnaga.
Los árboles son de piel de madre,
me acarician con la suave
brisa de la espera,
se deslizan por mis manos de otoño
renacido como niños o ramas,
como divinidades oscurecidas
a golpe de ecos selváticos.
De tanto en tanto se destiñe el paisaje,
se disfraza de viñedo
olvidado y remecido,
de estanque decorado
de rocas calizas y diminutas.
Sobre las manos libres
se esclaviza el rugido de la tarde,
se desvanece, se confunde
con el matiz del suelo
que la vio crecer.



II.
¿Qué ha sido del niño que fui?
Que parece ahora tan lejano,
como dibujado por otras manos.
¿A qué lugar ha ido a esconderse?
¿Quién lo mira jugar desde
unos ojos lejanos
en ese laberinto de huellas borradas
junto al jardín?
¿Cuándo dejó de creer en la risa?
¿Quién lo arrulla en su regazo
con abrazos de luna?
¿Quién corre hoy por aquellas
calles empedradas de azul oscuro?
¿Qué ha sido de esas
mañanas sin prisa
y ese abrigo de madre?
El tiempo ha castigado
los muros de mi encierro,
se ha llenado de polvo
mi garganta.
No me queda más
que este oscuro compañero,
este mismo que ahora pregunta
por el niño que fui.



III.
Me despierto deseando la bondad
de las flores, que llenen mis manos
de sonrisas ajenas que deshojen
de un soplo mi sonrisa de pobre,
de amaneceres de invierno,
como dolencias de hambre,
como historias tejidas por el
miedo a salir a la luz,
como el que se siente al nacer,
al vivir escondido en los
rincones de las ciudades
de vuelos nocturnos.



IV.
He vuelto a casa,
después de mucho andar
por senderos lejanos,
dibujando paisajes en las aceras,
tratando de atrapar la tarde
entre mis dedos,
en las respiraciones simultáneas
de niño y hombre.
La tristeza ya se ha ido
pero nada ha ocupado aún
su espacio vacío.
No hay más tinieblas
que las que dibujo
con mis manos enlodadas,
ni más soledad que el
contacto con un borde de flor.
 
VIRTUDES ESCONDIDAS. Alonso Véner.
www.alonsovener.com
Selección de poemas.



Poema XLIII:

A VECES
A veces, cuando te dibujas al viento,
deseo volarte como mi cometa de niño,
reír contigo hasta caer dormido,
esconderme en tu pelo de oficio de abejas,
y hacerte mía, como rocío
en mi piel de noche.


Poema IX:
VIRTUDES ESCONDIDAS
Virtudes escondidas,
sepultadas en baúles
con gaviotas de plástico,
absorbiendo dolores ajenos
de extraños racimos
y quietudes que caen desde retoños
hasta cimientos elegidos.
Entre mareas y desgracias
escondo aquel dolor
como fiebre de un
anciano convaleciente,
perdido en cuartos
de azufre y vino.
Sin embargo, me parece bueno
hablar con torres de carne o truenos
sin ser escuchado,
como cualquier barco de papel
que se enferma de la ciencia
que le trajo la noción de ser,
de ser y no ser,
de yacer y oscurecer.


Poema LXIX:
UNA ROSA CON OFICIO DE PUÑAL
Ayer me robé una rosa
mientas caminaba solo
disfrazado de refugio.
Pasé junto a ella y me llamó,
me sedujo con su rutina fragante,
con su textura carmesí,
con su velo aterciopelado.
Estabas desnuda, deslumbrante,
como un suelo rocoso
rociado de escarcha y silencio.
Te vi cautiva, callada, pálida,
y fueron mis manos
la plegaria anidada
en tus pétalos de
paloma enjaulada.
Me hiciste encallar
sobre tu feminidad de espinas,
y esparciste en mis ansiosos labios
tu polen de sedimento inconcluso.
Me deslicé sobre el rocío
que te amó al alba,
y tu cruel adormecimiento
circuncidó mis manos nativas,
que en respuesta te embalsamaron
con mi sangre convulsa.
Paseamos juntos por veredas etéreas,
y contemplamos desmayos silentes
de danza entre luces y cipreses,
junto a infantes cerúleos
con vocación de palma.
De las rosas fuiste la más bella,
rosa ingenua, esclava inédita,
sonido invernal, escultura renacida,
tormenta de hojas secas,
abrigo del viento entumido...
Pero eso fue ayer,
y ahora parece tan lejano,
tan ajeno... y te extraño.
En la hora que llora la tarde
te desvaneciste en mis manos
como plumas cansadas de llover.
En cada pétalo caído vi una lágrima,
y en cada lágrima una palabra:
como un adiós o un tal vez.
Sobre tu imagen extinta lloré;
filtré entre mis dedos tus despojos
de noche poblada de ríos serenos,
tomé tu tallo sufrido y mortal,
clavé éste recuerdo
como una daga
en mi corazón de huérfano,
y triunfalmente
me sacrificaste junto contigo.


Poema XXVIII:
SOY YO AQUEL CAMINANTE
Aún no he plantado mi viñedo,
ni me he nutrido con la savia esencial.
Se escuchan voces a lo lejos,
como voces de mujer,
como voces de viento;
son solamente truenos escasos
o nidos recién abandonados.
Me esperan en las veredas
los frutos de la noche indigente,
entregados en destinos aledaños
sobre algunas hojas transformadas.
Un trino despierta al espeso silencio
y condena a la flor
con un aroma inconcluso.
Un tímido destello reflejado
en algunas piedras.
Ríos que me enfrentan
a expresiones del manglar.
Caminante, soy yo aquel
caminante apacible
que desenreda a la naciente mañana
de entre las ramas cantoras y rizadas.
Entre espacios, entre memorias,
entre suelos, se destiñe la tarde,
los troncos, el frío, el silencio:
como una acuarela
derretida en la distancia.
Soy yo aquel caminante
que nace en los caminos
que lo llevan a casa,
que deshoja los cantos cromados
y apresura los confines
de una nube lánguida.
Caminante de florecimientos forjados
como abrazos callados.
Oscura impaciencia,
se agrietan los ojos de tanto esperar.
Sin darme cuenta ha caído el ocaso,
con su mirada invernal,
vestido de látigo,
y sigiloso como el vuelo de una lechuza;
pero no quiero refugiarme
en los brazos sencillos,
no quiero descansar
sobre destinos dormidos,
no lo quiero, no,
porque llega la noche
y aún no he plantado mi viñedo.
 
 
 

 

www.alonsovener.com