Moisés Sandoval Calderón

JUAN


Erase una vez un niño que se llamaba Juan y cantaba maravillosamente como los ángeles. Daba gusto oírlo cuando entonaba una de esas viejas canciones de opereta de las que ahora ya no se estilan y que oía en la radio a galena de su madre.
Juan vivía con su madre en un cuarto rentado, viejísimo, de una sola pieza; de altos techos de tejas por donde cada noche hacían su camino las ratas y colgaban patas arriba las arañas.

Y sabía ser alegre a pesar de ser pobre, de tener la espalda encorvada y de llevar una joroba. Y era ingenioso. Su ingenio le venía de su joroba. Se la pasaba encerrado en su cuarto, lejos de las miradas malvadas tan prontas a la burla y a lanzar piedras, mientras su madre lavaba y planchaba ajeno para conseguir el diario sustento.

Un mañana apareció una ratita en su cama, una ratita desnuda, recién nacida. Aún con los ojos cerrados era un animalito tan tierno, tan frágil y necesitado de cuidado y cariño. Había caído sin duda de una de las madrigueras del techo. Y casi no parecía anunciar nada. Y Juan no creía en los presagios y en esas cosas de la suerte y el destino. Pero en ese entonces se daban tantos signos de una calamidad por venir, y la gente creía tanto en ellos, que la calamidad se abriría paso a grandes zancadas, aunque Juan no estuviera muy dispuesto a creer en eso de los augurios.
Érase una vez un niño que se llamaba Juan y le gustaba cantar prácticamente de todo. Cada noche, en sus sueños hacía su camino por el techo donde las ratas colgaban patas arriba con las arañas. Y sabía ser alegre a pesar de su espalda encorvada y su ingeniosa joroba. Su voz afinada era un retintín continuo de cristales.
El día en que lo vi por primera vez llevaba el pelo suelto, largo y castaño. Asomaba su rostro de vez en cuando desde su cuarto como una ratita asustada. Mirada seria pero no fría, con sus ojos negros y luminosos como una extraña estrella oscura.
Si hubiera estudiado leyes habría sido un gran magistrado. Llevaría una larga toga negra que sin duda le disimularía la joroba, y el retintín de su voz al pronunciar esos largos discursos legales, se encargaría de abrirle las puertas de las salas y los juzgados de distrito.

Aunque primero hubiera tenido que irse a la ciudad más cercana. Porque en el pueblo con batalla alcanzaba para escuela primaria. Pero supongamos. Aquí vendría la decisión de su vida: ingeniero civil. Graduado con las mejores notas de la universidad pública. Pública, eso sí, ¿porque de donde sacaría dinero la madre para pagar los estudios?. Tan cara que está la vida. Y ella lavando y planchando ajeno. Y Juan instalado en una casa del estudiante. Sufriría alguna que otra burla de los compañeros de clase; el desinterés de sus compañeras, tan monas todas y tan lejanas. De novias, ni hablar. Nada de primeros amores. ¿Pero quien no sufre en esta vida? Construyendo puentes y abriendo brechas construiría grandes autopistas, colmaría de éxitos su carrera y, ¿por qué no? Una nueva vialidad llevaría el nombre del famoso ingeniero.

¿Arquitecto? ¡Claro que sí! Era sensible. Daba gusto oírlo. Y ya corregidos los modales por tantos años de estudio, de quemarse las pestañas tras un restirador de dibujos prestado, hubiera simplificado las formas quitando tanto ornamento inútil de los edificios modernos. La composición académica sustituida por una corriente estética alejada de los tonterías cubistas, plasticistas y modernistas, cambiándolas por el hierro y el hormigón armado.

El día en que lo vi por primera vez llevaba el pelo suelto, largo y castaño. Su rostro de ratita asustada se fue arrimando a donde yo jugaba. Le hice señas para que se acercara. Pero todavía se hizo el remolón por un rato; contempló una piedra tirada a mi lado para luego recular un poco como tanteando la intención de mis ojos. Y nadie se apartó indignado y le dijo de cosas. Quizá fue por eso que al rato ya estábamos dándole a las canicas y a la perinola. 

Erase un niño que se llamaba Juan y cantaba maravillosamente como los ángeles. De los tiempos en que los perros se amarraban con longaniza. Un día me mostró a su mascota. Era una ratita gris que guardaba en su cuarto. Y allá vamos los tres por los callejones del pueblo, jugando y brincando.
Después me fui de ese pueblo, y ya les perdí la pista. De vez en cuando pensaba encontrarlo convertido en todo un magistrado. Quizás le preguntaría por aquella mascota, y él me respondería con una sonrisa.

También pudo haber sido ingeniero, arquitecto, o un distinguido hombre de ciencia.
Ustedes se dirán: ¿A que viene todo este cuento?    
Hoy encontré en mi camino a un limosnero, andrajoso, jorobado y deforme. Su rostro enjuto y sin embargo abotagado, lleno de viejas cicatrices y mataduras recientes, hablaba de un pasado violento. Mirada infinita que hablaba de un alma perdida en el último peldaño de la degradación del alcohol y las drogas. Se detuvo en su camino cuando me percibió al otro lado de la calle. Cruzó de prisa y se acercó a mí con la mugrienta mano extendida. Algo de su rostro me hizo recordar los años lejanos. Lo vi detenidamente. Y por un instante fugaz, al verme reflejado en esas dos estrellas oscuras, me inundó una ola cálida; de su negra mirada asomó la figura tierna de una ratita desnuda, frágil y necesitada de cuidado y cariño. Luego el vagabundo siguió hacia delante, cruzó de nuevo hacia el lado de la sombra con la moneda en la mano, balanceándose grotescamente, gesticulando. La calamidad abriéndose paso.

 

LAS HORAS MUERTAS


  Ésta es la peor hora del día. Me deprime esta hora muerta. Hay que tener cierto don para soportar estas cosas. El calor, el clima seco, el suelo ardiente, el sol violento, la soporífera melancolía de la tarde ¿Qué estaría pensando Nuño de Guzmán cuando se le ocurrió erigir una ciudad en este infierno? ¿Por qué no nací en una urbe hermosa y fresca, como tantas que hay en Europa, Paris, Suiza tal vez?

  El hombre avanza sin levantar sus ojos abstraídos, caminando a lo largo del arroyo, calle tras calle, entre el tropel de pies apresurados. Un mudo eructo raja su hambre. Se detiene, abre un instante los labios y apoya la mano nerviosa sobre su vientre. Tacos, lengua, buche, panza. Glándulas tiernas, intestinos de animales rezumando grasa. Mariscos, ni soñarlo. La mano se introduce en el bolsillo, cuenta al tacto las tres monedas de diez pesos. ¿De que murió el muchacho ese? Salmonela, infección viral, algo así.

  Sus pasos lentos lo llevan por el centro. En una esquina descubre a la hija del tendero. Buen Dios, el vestido de la pobre chica no deja nada a la imaginación. Como se atreve. Parece prostituta. Quisiera saber si sus padres son cristianos.
  Sigamos. La tarde empieza. ¿No será mejor irme al mall ese, nuevo? Ahí tienen aire acondicionado. Gasto, todo significa un gasto. No puedes andar como estúpido sin una bolsa en la mano. Además aquí hay más cosas que ver. Aparadores, muchachas.

  Me fue revelado que. Espera, en la plaza de catedral alguien reza bajo el quiosco acompañándose de una guitarra. Los veo, un menesteroso da gracias a todo pulmón, tres mujeres indigentes, Biblia en mano, faldas largas, pelo encanecido, le consuelan ante la indiferencia de la gente que no lo ve ni lo oye. Como si no existiera. Paso precipitadamente y levanto la mano. Casi lo señalo con el dedo. Veo el gastado puño de mi camisa manchada. Ellos no levantan los ojos. Hay una sonrisa luminosa dentro de sus miradas oscuras. Tendría que protestar por tanta infamia ¿Quién les mete ideas en la cabeza? Alguien debe haber detrás de ellos. No, no se mueven solos. Alguno picándoles el amor propio. Las bancas ocupadas por los viejos. Ni una banca libre. Un anciano moreno pide al otro ¿Un cigarrillo? Quizás una moneda para pagar el urbano porque se está levantando. Aquí en Culiacán todos piden. Nadie ofrece. Te pide la Maria en una esquina del mercado, los sempiternos indigentes que pagan con antigüedad sus sitios inamovibles, sus babeantes bandejas petitorias a la mano. Que no se acerquen. Una mirada furiosa hay que lanzarles. En los semáforos, los vicioso delincuentes te escupen el cristal de tu vehículo. Una presencia. ¡Alma mía! Que trasero, la sigo con la mirada, la cintura desnuda, el ombligo al aire me prohibió contemplar su rostro. Se pierde entre los transeúntes hacia los frentes de las tiendas. Ahí está el vidente. Adelanta su barba gris, contempla absorto esa otra belleza que desfila. Tiene invitados en la cabeza. Conseguía espacios en revistas. Literato o algo así. Todos terminan locos.

  Desde la esquina, frente al banco, los remates en los aparadores. Bajísimos pagos casi regalados. Los sombrerudos con sus botas de piel de avestruz relucen sus calvas. Están de moda. Es de moda ser narco y estar calvo. O parecer narco, da lo mismo. Es el sello de la violencia. Buscan el bisnes. ¿Cómo se dice? Business, con doble ese, creo.

  Ahora cruzo hacia el lado de la sombra. Rostros pasando, sudorosos. ¿No es la maestra Méndez la que viene a mi encuentro? Por Dios, se dará cuenta de que no estoy enfermo. Mejor voltear para otro lado; hacerme el desentendido.
-¡Profesor Pérez! ¿Cómo está usted? –los ojos enormes, saludadores de la compañera.

-¡Oh! Muy bien. Para que quejarnos.
-Este calor ¿No impartió clases ahora? No lo vi en la escuela.
-No me sentí bien. Este golpe de calor.
-Espero que no sea nada grave ¿Mañana tiene clases?
-Si señora. Mañana me toca dar en el turno matutino y en el nocturno. No puedo darme el lujo de faltar a los dos.
-Yo impartiré solo en la noche. Bueno, hasta mañana entonces.
-Sí, claro. Hasta mañana.
  Las dos figuras se pierden en el caluroso vaho de la tarde.


FIN.

LA SOLEDAD


Somos nada.

Veamos. Era de noche, la luna pasaba entreteniéndose en los cristales de tu cuarto.
Tus ojos bien bajos, tu mano deshaciendo cascadas de cintas, vaporosas sedas.
Yo era muy feliz entonces, tú enrojecías como una niña,
ni el ruido del tranvía se interpuso entre nosotros.
Sí, dijiste suspirando. Y al asentir te mordiste un labio.
Luego, un rubor arribó a tus mejillas.
Latiéndome los ojos, mis manos nerviosas remontaron la marea encrespada de tu cuerpo.
Pero hay algo que nunca hicimos:
el tiempo salpicó de gris nuestros cabellos,
y ya no estábamos ahí para despertarnos con un beso.
Y la luz de tus ojos ahora ilumina rostros ajenos.
Sí, ahora me acuerdo, tenías razón en eso:
la luna se alojó en el álbum de los recuerdos.
Yo me puse mi sombrero y salí a la calle, y no volví a pararme ante la reja de tu ventana
donde aguardaban tus blancas manos, tus ojos suplicantes.
Pero el tiempo cicatrizó tu herida,
y mi espíritu es el que te persigue ahora como la sombra de un muerto.
La suciedad se acumula en mis ojos melancólicos desde que no te veo.
Y ciertamente, el veneno de los años será mi único remedio.

Moisés Sandoval Calderón.

 
 
 
 
 

Moisés Sandoval Calderón. (1965) Originario del municipio de San Ignacio Sinaloa, México.

Ha obtenido el primer lugar en el primer concurso de narrativa convocado por la Facultad de Derecho y la Academia de Investigación y Redacción Jurídica de la Universidad Autónoma de Sinaloa, con el relato
“Cómo integrar una averiguación previa”.

Ha publicado en diversas revistas literarias de México, España, Argentina, Colombia, Venezuela y Perú, en versiones electrónicas y en papel. Así, ha publicado en las revistas literarias:
 Letralia, Proyecto Sherezade, Almiar Margen Cero, Narrativas, El Interpretador, Realidad Literal, Mundo Cultural Hispano, La Peregrina Magazine, El Hablador, Oxigen, La Idea Fija, La Casa de Asterión, Destiempos, Axolotl, No-Retornable, Silencios Literarios, Cuanto y Porque Tanto, Revista Voces,  Malas Influencias y Liceus.

Mi correo electrónico, aparte del remitente, es:
sandoval_calderon_moises@hotmail.com