Ron de Setexa

 

Fado de la mujer callada.

Muera el aire que roza mi cara
trayendo pedazos de olvido y recuerdos.

Muera el sol que ilumina esta vida
descubriendo ante el mundo mi pesadilla.

Da igual que mueran poetas o sabios
y el frío corrompa las voluntades.

¡Que se apague esa llama!
Porque ya no calienta el hogar inventado de esperanzas,
cimentado de esfuerzos e ilusiones.

¡Que se caiga la luna!
Porque no soporto luceros evocando la amargura
del alma desdichada y oculta.

¡Que se llenen de sal!
Los ríos que surcan este valle fértil, generoso
y ojalá yerma quede por siempre la ribera.

Todo da igual, no siento, ni veo,
ni toco, ni huelo, ni leo
el material de mis sueños o lealtades.

¡Que talen el árbol!
Donde la mañana verde posó la pluma
de un ave que anidó mi confianza.

¡Que me dejen en paz!
Te pierdo flotando en la mar,
no busques sosiego si diriges mi barca.



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Un grito interior desgarra el océano
cuando se cierran los ojos con fuerza.

Lágrimas que se confunden
en la tenue lluvia
e inundan el corazón, que late
al ritmo del oleaje.

Que resaca dejó en el horizonte
aquel barco pesquero.

Cuentan que pasas los días
gritando al mar su regreso,
que las nubes se apiadan de ti,
que pacientes esperan tu llanto
para llorar contigo en el suelo.

Otros días arremeten con fuerza
en las marcas que dejaste en la arena
y junto a las olas, intentan
borrar de la piel esa huella.

Dime si a la gaviota preguntas
por donde navega tu pena,
dime si obtienes respuesta
leyendo la sal de la tierra.

Tu hijo marchó de madrugada
y tú como él, no has vuelto a la casa.

También lloré aquella mañana
lastrando por siempre
al mar nuestra sangre.

Harto de estar solo en la cama,
llenar el hogar se me hace difícil
cuando se nos escapa la vida
a chorros por la ventana.

 

 

El reflejo evanescente
de la luna
en las aguas del puerto,
extrañamente rojizo
y de inquietantes augurios,
me hizo cruzar el puente
que nos traslada al olvido
desde el incierto presente.

Y allí, en el olvido,
donde el océano ondea siempre
blanca la luna,
donde las olas fecundan
a espuma las rocas,
los sonidos eternos y azules
mecen transportados
mis sentidos.

¿Para qué regresar
a vuestra realidad teñida
de unos colores
que prefiero no ver?


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A todas las madres que perdieron hijos,
especialmente a las que enmudecieron por siempre
y a todos los padres que permanecieron junto a ellas.

Por Ron de Setexa.