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10/12/2002

El invierno, despiadado, llama a todas nuestras puertas y ventanas. Azota los cristales con sus manos de hielo, intentando quebrantar la frontera que le separa de nuestro cobijo.

En el interior, arde la llama del calor humano. Sólo se escucha mi voz que susurra una blanda canción a modo de nana, una melodía que con acordes medievales compuso un poeta moderno: “Deja que te arrulle, reina enamorada...”

Finalmente llegó el momento más placentero. Mi hija se adormece dentro de mi abrazo tejido con ternura. Aunque yo no haya gozado de paz en todo el día, preparo un nido con toda la que puedo acaparar ahora y dejo que mane a través de mi cuerpo, hacia mis manos, para derramarla despacio, gota a gota sobre mi pequeña.

Camino por su cara con las yemas de los dedos. La frente, la nariz, las mejillas... Dejo un beso en sus párpados de algodón. Mi memoria conoce cada venita, cada pestaña, la posición de sus dientes recién estrenados, la textura de su cabello, su dulce aroma a candidez e inocencia que impregna todos los rincones de la casa, aún cuando ella no esté.

Que siga rugiendo el viento, que la lluvia acribille las calles, la niebla ya construyó su muralla a nuestro alrededor y la noche está cerrada. Pero ya nada importa. Mi pequeña se ha dormido plácidamente, ajena a todos los males del mundo, con sus labios de frambuesa trenzados en una sonrisa.

Un día más, mi bien, hemos conseguido que la vida sea hermosa...

 

 

03/09/02

Me gusta todo lo que acelera mi pulso.
Me gusta conducir.
Me gusta todo lo que llena mi estómago de mariposas.
Me gusta escuchar música a un volumen insoportable, hasta perderme en ella.
Me gusta hablar contigo. Me gusta que me escuches.

 

18/11/02


Ya no hay murciélagos en su ventana.

A veces, acodada en la barandilla del balcón, observa las cálidas luces de otras casas habitadas y juega a adivinar qué vidas se esconden dentro de ellas.

De vez en cuando su vista se concentra tanto que los contornos se difuminan y es entonces cuando sólo existe una ventana y ella.

Ve a un hombre dentro de una sala, atado a un telescopio. Siente que él también la observa. Anoche se estaban mirando. Ella sólo veía aquella silueta, sólo escuchaba el siseo de las hojas cayendo de los árboles. Estaba solo, como ella. Le susurró desde lo más profundo de su mente y él se estremeció. Las ruedas de un coche sobre el asfalto mojado rompieron el hechizo.

Otras veces recuerda que desde niña tuvo una gran visión de futuro. Todos creen que su vida es perfecta, pero ella sabía que todas estas nubes estaban por llegar.

El asfalto la llama por su nombre con una voz grave e intemporal. Hace sólo algún tiempo, habría respondido a su llamada sin pensarlo. Sueña con volar hacia su abrazo duro, interminables segundos en los que todo lo vivido se asomaría de nuevo a sus ojos. Pero ahora ya no es posible, teme herir demasiado a esa pequeña que llegó a ella con sangre nueva, con curiosidad y ternura, con caricias sinceras.

Todo a su alrededor es oscuro, frío, inhóspito.

Tiene que seguir adelante, pero ya no hay murciélagos en su ventana.

 

22/11/02

 

Ayer la noche me hizo un regalo. Una imagen del cielo como jamás lo había visto. Era realmente espectacular.

Hacia el fondo, unas cuantas nubes delgadas cubrían la montaña, los tejados, hacían parecer que todo estaba nevado. El cielo se elevaba en colores azules, desde el más pálido (inexplicablemente a las once de la noche) hasta el azul índigo más puro y suave. El aire era limpio. El frío me cortaba la piel.

Tan sólo dos nubes más pintaban la escena: finas, alargadas, estirándose hacia la luna que centrada en la imagen, enorme y blanquísima, iluminaba las copas de los árboles, las calles...

Se distinguían todas las estrellas, brillantes, ardiendo dentro de mis ojos.

Entonces sentí esa enorme paz subiendo sobre mí como una marea espumosa... Sentí que era una especie de señal de la naturaleza. Sentí que alguien intentaba decirme algo. Sentí que debía apreciar aquel regalo, agradecerlo, disfrutarlo, beberlo hasta agotar los últimos trazos, como si de un excelente vino se tratase. Sentí que debía embriagarme de frío, de belleza, de serenidad.

Habría permanecido allí clavada eternamente. Me costó arrancar la vista del cielo que me llenaba, pasear de nuevo por las calles vacías, regresar al calor del hogar.

Pero, finalmente, anoche mis sueños fueron apacibles.

 

 

 

 

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